¡ AY DE LOS PRÍNCIPES DE LA PAZ !

Con el discurrir del tiempo, como los buenos caldos, la figura carismática de Josep Tarradellas, primer presidente de Cataluña tras la restauración democrática, se agiganta comparada con algunos de los pigmeos que le sucedieron en el cargo. A ello contribuyeron sus indudables dotes de estadista -lo demostró a la salida de su crispada entrevista con Suárez en La Moncloa en octubre de 1977-, su sentido institucional y su visión integradora desde la intuición certera de que Pujol emprendería el camino de la ruptura con España.

Ello le granjeó respeto y estima dentro y fuera de Cataluña. Nunca olvidaría el día en el que, acompañado de su mujer, entró en un restaurante de Segovia y los comensales le dispensaron, puestos en pie, una ovación de aúpa a quien tenía bien claro que, en política, se podía hacer todo menos el ridículo. Era, desde luego, un hombre de otro tiempo, con la lección aprendida de haber vivido la Guerra Civil y el exilio.

Queda para los anales la reprimenda que le propinó al senador Xirinachs -el iluminado cura escolapio que transitó del pacifismo al independentismo revolucionario- por presentarse en su despacho como Dios le dio a entender. Al verle con pinta de montañero, Tarradellas le espetó: “Mosén, cuando regrese de la excursión, tendré mucho gusto en recibirle”. Era lo que debía haber hecho, y no por un asunto de etiqueta precisamente, sino de más enjundia y fuste, el presidente Sánchez con el de la Generalitat, Joaquim Torra, cuando apareció el lunes en La Moncloa con ese lacerante lazo amarillo que insulta a los españoles y denigra su Estado de derecho. ¿Alguien imagina a algún otro jefe de Gobierno permitiendo que se veje de manera tan infamante al Estado que gobierna y a él mismo como anfitrión?

Habiéndose hecho tantas analogías para la ocasión con el histórico encuentro entre Suárez y Tarradellas, nadie imaginaría a uno atildado de provocador de opereta y al otro transigiendo con fantochadas. Por contra, Sánchez no sólo no se lo afeó sino que desplegó la alfombra roja para dar la bienvenida a aquél al que tenía por el “Le Pen catalán” y cuyos mendaces escritos supremacistas inhabilitan para el ejercicio de cargo público en cualquier otro lugar de Europa.

Empero, dado que debe su cargo al voto favorable del independentismo, a Sánchez sólo le faltó ordenar a la Guardia Civil que le rindiera honores, salvo que temiera un plante por este trágala. Como dice Stathis Kalyvas, autor de La lógica de la violencia en la guerra civil, la conversión de los críticos en apologetas es siempre un fascinante espectáculo.

Francisco Rosell ( El Mundo )