En el Parlamento de Asturias hay ya suficientes votos para reformar el actual Estatuto a fin de incluir la oficialidad de la lengua asturiana.

Los diputados del PSOE, Podemos e IU, más el diputado de Foro Asturias recientemente persuadido, suman, si nada se tuerce, los 27 votos necesarios para que la región forme parte del núcleo de autonomías con políticas lingüísticas para fomentar lo que sus Estatutos llaman «lengua propia», lo cual, con un recto sentido del lenguaje, significa que el idioma español, aunque se hable igual o mayoritariamente allí, queda en el deslucido papel de «lengua impropia».

O, por decirlo con la franqueza de los nacionalistas propiamente dichos, en el odioso papel de la «lengua invasora» que hay que erradicar porque no es la propia del terruño.

Naturalmente, el presidente asturiano quiere tranquilizar a los que temen que la oficialidad del bable produzca los mismos efectos excluyentes que en autonomías de todos conocidas. Barbón ha prometido que el modelo lingüístico será «amable» y basado en la «voluntariedad» y que no se exigirá prácticamente para nada.

Pero añadió un inquietante condicional: será así mientras el PSOE gobierne. De modo que los socialistas se presentan como garantes de que una legislación que se proponen desarrollar no tenga las consecuencias que ha tenido en todas las regiones de España en las que se aplica desde hace años. Esto, señor Barbón, no puede ser y, además, es imposible.

El bable va a ser oficial y por tanto cooficial junto al español, y lo primero que hay que decir de la cooficialidad de lenguas en España es que se trata de una gran mentira. El término cooficialidad sugiere la existencia de una igualdad y un equilibrio que la realidad española desmiente. 

La lengua que el Estatuto establece como propia deviene en la única oficial, mientras la lengua común de los españoles se relega a la esfera privada. Eso es lo que ha ocurrido en la práctica, con leyes lingüísticas crecientemente intolerantes hacia el español.

Y en Asturias, con los socialistas o sin ellos, no puede suceder nada muy distinto. Para la estructura autonómica, disponer de una lengua distinta al español es un instrumento de poder y, como tal, tiene tendencia expansiva.

Y costosa. Pero qué importa el coste, si están en juego las esencias. Más cuando hay esencias que resultan muy beneficiosas para algunos. La «lengua propia», erigida en única lengua oficial, funciona como un elemento proteccionista, como una barrera «para los de fuera» en todo el ámbito público, especialmente en los empleos, tan cotizados por muchos ciudadanos.

Y «los de fuera» no tienen por qué ser estrictamente foráneos: son todos los que no pasen por el aro. La idea que resulta atractiva para una parte del público es que hay ciertas ventajas que sólo estarán accesibles para los que certifiquen que son de la tierra.

El uso de la «lengua propia» viene a ser el certificado. El que no la use termina siendo extranjero. En su propia tierra. A eso se dirige Asturias, y detrás, los que vengan.

Estamos en la ronda del café lingüístico para todos.

CristinaLosada ( Liberad Digital )