La guerra de Ucrania empieza a ser una noticia de relleno en los telediarios y un asunto de conversación rutinaria en las tertulias, porque no existe mejor coartada que la amnesia ni mayor vergüenza que la indiferencia ante la injusticia, y por eso cada día se encuentran más solos los que van a morir mañana.

La civilización consiste en sofisticar la crueldad, y por eso a los nuevos exterminadores ya no se les llama bárbaros como antaño, cuando eran conocidos como los señores de la guerra que, arrasaban las poblaciones y llenaban de cadáveres sus caminos.

Hoy son millonarios, roban a sus pueblos, encarcelan o envenenan a sus disidentes y contratan a mercenarios para que les hagan el trabajo sucio y nosotros les seguimos comprando el gas para no pasar frio frente al televisor mientras hacemos como que nos escandalizamos con los cadáveres y los testimonios de las mujeres violadas.

Ya casi nadie recuerda lo que ocurrió en la guerra de los Balcanes,  que tuvo lugar a  pocos kilómetros de nuestras casas y por eso se nos olvida que la barbarie habita entre nosotros porque las últimas víctimas que hirieron nuestra sensibilidad fueron los muertos de aquella guerra y  los crímenes que hicieron tristemente famosos al serbio Radovan Karadžić , a Slobodan Milošević y a los que disparaban contra la población civil que se atrevía a cruzar la “Avenida de los francotiradores” , que fue el nombre que se le dio a una gran calle de Sarajevo, desde donde disparaban contra cualquier persona , civil o militar, que se atreviese a cruzarla.

La humanidad lleva bailando con lobos desde que – si se acepta la metáfora –  Caín mató a Abel, y el progreso experimentado desde entonces se puede medir en la modernización y eficiencia de las armas que desde entonces se han usado para matarnos entre nosotros.

Sinceramente creo que no somos de fiar, porque cada día incluso en tiempos de paz, unos seres humanos acabar con la vida de otros sin necesidad de que nadie declare una guerra ni que la víctima sea un enemigo peligroso que obligue a prevenir su ataque o defenderse de él.

Las guerras declaradas a veces son el desahogo aplazado de un odio que viene con hambre atrasada, y solo la civilización de la libertad y el reconocimiento de los derechos humanos nos reeducan para la convivencia y el respeto al diferente.

No hay más antídoto contra estos conflictos que la educación en valores democráticos, el acierto en la elección de los dirigentes políticos de nuestros pueblos, las alianzas internacionales por la paz, el progreso y la defensa de los derechos humanos, sin olvidar jamás que siempre existirán pueblos sometidos por la dictadura de sus dirigentes.

Su echamos un vistazo   a los dirigentes del llamado mundo democrático no tenemos razones para relajarnos. El liderazgo se ha devaluado hasta extremos preocupantes. El panel de algunos primeros ministros ni supera un casting mínimamente exigente en valores democráticos.

Diego Armario