Transcurridos unos días desde el pasado 14 de marzo y la carta de Pedro Sánchez a Mohamed VI, nuestro presidente decidió darse un garbeo por las españolísimas Ceuta y Melilla. Le va la marcha.

El siguiente barzón, el del próximo 1 de abril, corresponderá a nuestro ministro Albares, el de Asuntos Exteriores o…Europeos, ya que ni el escriba de la furtiva y lamentable misiva —que todo hay que decirlo— lo tiene claro tras la filtración de El País.

Tanto misterio que ni el bueno de José Manuel, el portador de la cartera, parece haberse enterado de la misa la media en la sala de máquinas de su ministerio. Además de cornudo, apaleado; como, por otro lado, anda algún socio —y socia— gubernamental tras el apoyo español al plan marroquí respecto al Sáhara Occidental.

Y mira que el susodicho bien se lo había currado como antiguo asesor del presidente en cuestiones exteriores para alcanzar el puesto de la imputada y defenestrada González Laya, su predecesora en un cargo que, con habituales y molestos invitados como Marruecos, empieza a dar cierto yuyu a pesar del catenaccio de Albares en una patética comparecencia no exenta de continuas evasivas, vanas respuestas y despejes a lo Chiellini.

Llueve sobre mojado en lo referente a la «transparencia» de nuestros gobernantes en modo «Juan Palomo». Ya saben; yo me lo guiso, yo me lo como. La ineptitud, por otro lado, tampoco se les da mal.

Sorprende que tanto nacionalistas como la extrema izquierda estén más cerca de la oposición que de sus socios de gobierno en la cuestión del pueblo saharaui. Los efectos de la calima empiezan a hacer mella. De aquellos polvos africanos, este barrizal ministerial. 

Y, aparentemente, el desamor se ha instalado en las poltronas y pasillos de poder. El contagio no cesa. En lo de la «ultraderecha» del transporte, la disensión también asoma la cabeza en declaraciones de ministras de tronío. La unilateralidad de Sánchez en sus decisiones no entiende de amigos ni de acuerdos o consensos. Su soberbia se lo impide.

Albares, sin embargo, irá más allá, más al moro, más a bajarse o rebajarse —lo que sea— con tal de seguir la hoja de ruta de la sumisión impuesta por el reino alauí desde aquella «tierra mora; allá, por tierra africana», como reza la «Banderita», el más famoso pasodoble en el mundillo militar.

Su inminente presencia en Rabat no es más que otra vuelta de tuerca al «giro inesperado» que, en el corazón de las ciudades autónomas, se percibe con recelo y desconfianza respecto a las intenciones anexionistas de nuestros vecinos del sur.

Para ello, suficientes muestras han dado al manejar a su antojo las llaves de la puerta, el grifo de la ilegalidad en invasiones dirigidas, también conocidas como cuestión migratoria, con provocaciones e insultantes ejercicios de vista gorda como las relaciones con las mafias o el victimismo propiciado por el indiscriminado uso de menores en las vallas; no olvidemos, frontera sur de un continente, el europeo, al que, entre buenismo y mamandurrias varias, no le quita el sueño el overbooking de los CETI ceutí y melillense ni el irrespirable ambiente generado por las cifras récord de ilegales que pululan por las dos ciudades autónomas de España y Europa.

Emilio Domínguez Díaz ( El Correo de España )