BALEARES NO ES CATALUÑA

Hace casi 20 años un jovencísimo Hugo Chávez deambulaba por los pueblos más recónditos de Venezuela proclamando las supuestas bondades del socialismo a la bolivariana. Más derechos sociales, menos poder para los oligarcas, más pueblo, menos jerarquías. En definitiva, más patria. De la suya. Sólo unos pocos opositores se atrevían a contradecirle. Que el comunismo era la ruina para todos, en particular para los obreros que se jactaba de defender.

Que la URSS había fracasado y apenas quedaban unos cuantos países satélites cuya sostenibilidad financiera o bienestar social era más que cuestionable. Que votar a Chávez, o incluso sostener sus tesis por acción u omisión, iba a convertir a uno de los países más ricos del mundo en una pesadilla. Ante esos argumentos la reacción casi unánime era de descrédito. Tanto por los propios votantes, como por los que no comulgaban con todas sus tesis pero sí con su raíz ideológica. Todos argumentaban, en definitiva, que los agoreros opositores no eran más que eso. Que pasara lo que pasara, a fin de cuentas, Venezuela no era Cuba.

Recuerdo esta anécdota cada vez que alguien critica las acciones que llevó a cabo mi Gobierno en la lucha contra la catalanización de las Islas Baleares. Los argumentos son los mismos: que en Cataluña sí, tal vez, pero que en Baleares seguro que no. Que no somos lo mismo ni podríamos nunca llegar a serlo. Que no hay que exagerar, que eso nunca pasará aquí, en nuestras islas. Que las excepciones son eso, sólo excepciones, y la acción de un Ejecutivo no debía ir destinada a combatir ciertos casos aislados que, total, apenas molestan a nadie.

Un ejemplo paradigmático es el de la educación. Hay un consenso entre los constitucionalistas en que existe un grado considerable de adoctrinamiento en Cataluña. Algunos opinamos que escandaloso, otros que menos, pero todos estamos de acuerdo en que existe. En Baleares este consenso no se replica. Tenemos esteladas y mapas de los mal llamados Països Catalans en muchas de las aulas donde nuestros hijos pasan al menos ocho horas diarias; directores increpando a padres de alumnos con el objetivo de que se escolaricen en catalán para, supuestamente, no quedar marginados con los inmigrantes; docentes instruyendo en la historia inventada de los independentistas y, ahora, lazos amarillos en las solapas.

Exactamente lo mismo que está ocurriendo en Cataluña y, sin embargo, muchos políticos, incluidos aquellos de partidos que debieran ser poco sospechosos de comulgar con las ideas de los nacionalistas, compran y defienden la idea de que todo son excepciones que no merecen demasiada atención. Como si hubiera un umbral válido de expansión del independentismo que debiéramos tolerar. Que es mejor no tocar estos temas, que generan polémica. Total, ya pasará.

Como si pudiéramos permitir que acaben con nuestras propias modalidades (el mallorquín, menorquín, ibicenco o formenterense) para imponer el catalán. Como si no supiéramos que esa imposición del idioma es el primer paso para derrocar nuestra cultura en pos de la de otra Comunidad Autónoma a la que lo único que nos une es, precisamente, el hecho de ser lo que más detestan los independentistas: profunda y orgullosamente españoles. Y es que esta connivencia es lo más grave que puede ocurrirnos a los constitucionalistas.

Lo importante no es que haya personas que defiendan la catalanización de un determinado territorio, que por supuesto pueden hacerlo, siempre dentro de la legalidad, con toda la libertad que les concede nuestra democracia. Lo grave es que aquellos que deberían mantener y defender nuestra identidad insular, que por supuesto es indisoluble de la de España, sean conniventes con los métodos, estrategias y argumentos que utiliza el nacionalismo. Que empecemos argumentando que la presencia de una bandera no es tan grave y acabemos admitiendo que nuestros alumnos crean que Puigdemont es más presidente nuestro que Rajoy.

Y todo para no tener problemas: «¡Qué importa si no nos votan los fachas! ¡El resto nos votará!». ¡Vaya terrible error! En Baleares todavía hay esperanza para que nuestro futuro sea mejor, pero sólo si detectamos y combatimos todos esos síntomas que preceden a la metástasis independentista que ya asola a otros territorios.

Y obviamente, si nos quitamos los complejos y en lugar de pensar en votos cómodos pensamos en practicar la política con responsabilidad, con valentía, sin cobardía, en defender principios, convicciones, ideología, cada uno con la suya, pero basada en la unidad de España. Baleares tiene la oportunidad de evitar la experiencia catalana y no caer en sus errores, y los políticos, tenemos la obligación de dinamitar todos los caminos que pretendan conducirnos al desastre nacionalista.

Como presidente lo tuve muy claro: educación trilingüe; respeto a nuestra identidad a través de la difusión de nuestras modalidades lingüísticas; eliminación de subvenciones a entidades, asociaciones y medios de comunicación catalanistas/nacionalistas; erradicación de símbolos independentistas en cualquier institución o centro público y la eliminación del catalán como requisito en el acceso a la función pública, especialmente la sanidad. En definitiva, anular cualquier atisbo de independentismo de raíz. No ser connivente. Defender, contra todo y todos, que ser de baleares es la mejor manera que se nos ocurre de ser españoles.

Hace 20 años casi nadie podía imaginar que Venezuela acabaría siendo peor que Cuba. Las Islas Baleares son el objetivo primordial de expansión del independentismo catalán, y su penetración en nuestra sociedad ya podemos observarla en nuestros colegios, en hospitales e instituciones. Es nuestra responsabilidad detectar su presencia y combatirla siempre, aunque sea incómodo o aunque debamos sufrir, como fue mi caso, y a mucha honra, las consecuencias de defender la libertad.

Porque mi Govern sí tuvo claro que si no hacíamos nada, al igual que Venezuela fue Cuba, Baleares podría ser Cataluña, cosa que jamás permitiría como president. Les aseguro que por mi parte no dejaré de luchar por esa libertad que hace grande a una nación, esté donde esté.

José Manuél Bauzá ( El Mundo )