Hemos repetido hasta la saciedad que la izquierda caniche que nos gobierna no se dispone a instaurar una «dictadura bolivariana» -como pretenden los gurús asustaviejas de la derecha visceral-, sino a favorecer un reinado plutocrático, acumulando la riqueza en unas pocas manos, mientras se devastan la pequeña propiedad y el ahorro (que son los motores de una economía nacional sana) y se subsidia con engañifas a la ingente cantidad de desempleados que siempre genera la concentración de riqueza.

Una prueba de este modus operandi nos la brinda la absorción de Bankia, que se consumará con la bendición de la izquierda caniche (diáfana y casi orgullosa en los sociatas, envuelta en aspavientos falsorros en los podemitas, según el reparto de papeles establecido), que así se asegura de que las puertas giratorias sigan funcionando, para ella y para toda su ralea.

En la absorción de Bankia se va a perpetrar un gigantesco latrocinio de la riqueza nacional; pues de los 24.000 millones de euros arrebatados a los españoles que el erario público aportó en su día para la salvación de una caja de ahorros saqueada por parásitos partitocráticos, ya se dan por perdidas tres cuartas partes en la operación.

Así, el Estado, que era socio mayoritario de Bankia, pasará a poseer una participación exigua en el nuevo conglomerado bancario, de la que además se deshará en breve a precio de ganga, para completar el latrocinio.

Pero, además de favorecer este birlibirloque de miles de millones de euros que pertenecen a los españoles, la izquierda caniche se dispone a destruir miles de puestos de trabajo y a entregar la posición estratégica del Estado en el sector bancario, ahora más necesaria que nunca, pues tras la plaga coronavírica sólo las ayudas públicas podrán salvar de la quiebra a miles de pequeñas empresas y restaurar una economía sana, fundada en el reparto de la propiedad.

Además, la izquierda caniche perjudica a los pequeños ahorradores, a los que mediante la formación de oligopolios bancarios se condena a aceptar condiciones cada vez más perjudiciales, como ocurre cuando se restringe la competencia; y así, ante la mengua de sus ahorros (causada por una presión sobre los tipos de interés dictada desde el pudridero europeo que los oligopolios bancarios harán todavía más asfixiante), se les obligará a invertir en los productos financieros especulativos que interesan a la plutocracia globalista.

Se equivoca trágicamente la derecha cuando afirma que defender la existencia de una banca pública son «ensoñaciones marxistas». No creemos que, por ejemplo, cuando Franco creó, entre otros muchos bancos públicos, el Banco Hipotecario, el Banco de Crédito Agrícola, la Caja Postal, el Banco Exterior de España o el Banco de Crédito Industrial, estuviese demasiado aquejado de «ensoñaciones marxistas», sino más bien convencido de que el Estado, en situaciones críticas como la presente, debe asumir un papel rector en la economía que impulse la iniciativa empresarial.

No se trata de defender una banca pública frente a una banca privada, sino de que el Estado favorezca una banca auténticamente social -como las cajas de ahorros, creadas por cierto también durante el franquismo y saqueadas por la patulea partitocrática-, que fomente un ahorro solidario y no especulativo que, a la vez que premia al ahorrador con unos intereses dignos, se invierta en favorecer la pequeña empresa y la creación de empleo.

Que es, exactamente, lo contrario que hace esta izquierda caniche al servicio del reinado plutocrático. Causa una tristeza irremisible que ni los pobres ilusos que la votan paulovianamente ni los asustaviejas que la combaten desnortadamente lo entiendan.

Juan Manuel de Prada ( ABC )