BAÑO DE SANGRE

En Cuba se habla mucho de la tranquilidad. Cuanto más afín al régimen es el cubano con el que hables más enfatizará la importancia de la tranquilidad. No queremos ser como esos centroamericanos que andan siempre a tiros, dicen, y hay turistas que regresan bronceados de Varadero y te sueltan eso mismo con mucho aplomo.

Que Cuba no es Guatemala, diablos, y que tampoco hay que ser tan sectario como para no apreciar -ahí llega, la palabra fetiche- los logros de la Revolución. Se sabe que el turista aprecia mucho la seguridad, tanto como para que no se pregunte nada más sobre un lugar exótico que si es seguro.

De Venezuela es imposible alegar tal cosa. Es tan raro que a uno no le hayan atracado en Caracas a punta de pistola que la razón más probable es que no haya permanecido el tiempo suficiente. En Venezuela, en fin, la tranquilidad no es uno de los logros de la revolución y el argumento más poderoso para su perpetuación es más modesto: que no haya un baño de sangre.

Presten atención a esas cuatro palabras un baño de sangre y traten de recordar todas las veces que lo han escuchado desde que se acercó la posibilidad de un tránsito de la ley a la ley en Venezuela. La pregunta es obligada. Si ya hay una treintena de muertos por la represión de las protestas contra Nicolás Maduro, ¿cuál es el flujo sanguíneo necesario para que el goteo sea baño? «¡Vais a provocar un derramamiento de sangre!», le espetó el actual secretario de Estado en Iberoamérica en una cena a Cayetana Álvarez de Toledo. Igualito que el Papa, que se lo acaba de soltar a los periodistas en su avión: «¿Qué es lo que me asusta? El derramamiento de sangre».

Venezuela ha asistido a varias autoproclamaciones ilegítimas en su historia reciente. En 2015 se autodesignaron los nuevos magistrados del Tribunal Supremo. Los nombramientos violaban al menos cuatro artículos de la Constitución: 255, 263, 264, 265. 

Ni los oficialistas contaban con la mayoría calificada necesaria para elegirlos ni se había cumplido el plazo para la renovación de los cargos. El 20 de mayo del pasado año quien se autoproclamó presidente fue Nicolás Maduro. Lo hizo tras unas elecciones fraudulentas a las que concurrió blandiendo la amenaza eterna de la sangre: «Tu voto decide, votos o balas, paz o violencia».

Juan Guaidó invocó el artículo 233 de la Constitución para restablecer la ley y al Papa le preocupa que se produzca un derramamiento de sangre. Se trata de una actualización del cuento de la lechera de Samaniego. Francisco debe de considerar que es tonto el Pontífice que llora sobre la sangre derramada.