Los padres están flipados. Los chavales, también. Faltan 19 días para que empiece el curso, amenazado por la segunda ola del Covid, y el Gobierno continúa en la inopia, porque si no tocas los problemas no te queman. Los esotéricos ministros Castells y Celaá traspasaron el embolado a las comunidades y enfilaron la hamaca.

Siguen así el ejemplo de Mi Persona, el providencial presidente Sánchez, que ha pasado de endilgarnos 17 chapas televisivas de más de una hora sobre su excepcional gestión contra el coronavirus a lavarse las manos y dejar que los presidentes regionales panden con la resaca de su deficiente labor (de nuevo líderes europeos en contagios).

Todos los gobiernos europeos se han tomado como una prioridad la vuelta al colegio. En primer lugar, porque formar a las nuevas generaciones es crucial para el buen futuro de los países. Pero también porque si los chavales no van a clase se les crea un enorme problema de intendencia a los padres, que en muchos casos no tienen con quien dejarlos.

En España habrá 17 modelos de retorno a las aulas, aunque el hipertrofiado gabinete de Sánchez cuenta con tres ministerios para darlo todo en el tema educativo. Conforman la tripleta de ensueño la tan amable como evanescente ministra Celaá; el sonriente ministro cosmonauta, allá en su nube; y el prestigioso catedrático y delirante político Manuel Castells, que no ofrece una rueda de prensa desde hace tres meses y que no sé sabe bien qué hace («el curso comenzará según lo previsto si el mundo no se viene abajo», fue una de sus ufológicas explicaciones sobre el retorno a la universidad).

Ninguno de los tres parece preocupado por las dudas que atenazan a las familias. El Ministerio de Educación lo último -y único- que hizo fue presentar el 22 de junio, en los días felices de la «nueva normalidad», una guía de prácticas saludables para la vuelta al colegio (rechazada por seis comunidades). Además anunció una reunión de Sánchez con los presidentes autonómicos para preparar el curso, de la que nada se ha vuelto a saber. España debe ser el único país del mundo donde han abierto antes los bares que las escuelas.

El diagnóstico es conocido: un Gobierno logorreico, que se empacha de palabrería huera del manual «progresista», pero que después no resuelve. España ha sufrido a muchos ministros de pereza prodigiosa (es legendario uno de Rajoy que recibió a su sucesor diciéndole: «Tú ya sabes, sobre todo no hagas nada»). Pero nunca hubo tantos de la estirpe escapista como hoy.

Un ejercicio de Memoria Histórica. Como ejemplo de estafa de un Gobierno a «la gente», sería bonito grabar una placa y colgarla en la fachada del Congreso sobre lo ocurrido con el «ingreso mínimo vital». La propaganda oficial anunció que beneficiaría a 850.000 hogares, 2,3 millones de personas.

Se puede solicitar desde el 13 de junio, ha habido 700.000 peticiones y el Gobierno solo ha aprobado 3.366 (menos del 1%). Son muy flojos, desconocen los rudimentos de la Administración, mienten con desparpajo y no trabajan.

Pero si quieren seguimos hablando de Cayetana y de que al bueno de Iglesias Turrión, el de los escraches como «jarabe democrático», le han hecho una pintada en Asturias…

Luis Ventoso ( ABC )