Todo lo que civiliza a un hombre colapsa y se derrumba ante la justificación de la pederastia socapa del consentimiento del niño avasallado, violado, ultrajado, acariciado por las puercas manos de un cerdo con priapismo que sólo satisface su lujuria en un pubis infantil.

Irene Montero, haciendo gala de su arrogancia,  de su repulsiva ignorancia y de su crueldad ideológica, acaba de proclamar que los niños tienen derecho a mantener relaciones sexuales con adultos siempre que haya consentimiento por parte del niño.

Por un atavismo impreso en nuestra información genética, el niño, cualquier niño, busca amparo y seguridad, y esos dos anhelos, el cachorro del hombre, sólo los ve colmados en la figura del adulto, principalmente de sus padres, de cualquier adulto, próximo o desconocido, da igual: ¿a quién no se le ha agarrado de la mano un niño perdido, lleno de miedo y de lágrimas, en la playa o en unos grandes almacenes, que busca en su momentáneo desamparo la seguridad y el cobijo que él sabe que sólo un adulto puede proporcionarle?

De ahí que el consentimiento de un niño sea lo más fácil y barato de obtener; en el más problemático de los casos basta con ofrecerle, a cambio de su consentimiento, una bolsa de chucherías o un juguete.

Todo lo que civiliza a un hombre colapsa y se derrumba ante la justificación de la pederastia socapa del consentimiento del niño avasallado, violado, ultrajado, acariciado por las puercas manos de un cerdo con priapismo que sólo satisface su lujuria en un pubis infantil.

Irene Montero, haciendo gala de su arrogancia,  de su repulsiva ignorancia y de su crueldad ideológica, acaba de proclamar que los niños tienen derecho a mantener relaciones sexuales con adultos siempre que haya consentimiento por parte del niño.

Por un atavismo impreso en nuestra información genética, el niño, cualquier niño, busca amparo y seguridad, y esos dos anhelos, el cachorro del hombre, sólo los ve colmados en la figura del adulto, principalmente de sus padres, de cualquier adulto, próximo o desconocido, da igual: ¿a quién no se le ha agarrado de la mano un niño perdido, lleno de miedo y de lágrimas, en la playa o en unos grandes almacenes, que busca en su momentáneo desamparo la seguridad y el cobijo que él sabe que sólo un adulto puede proporcionarle?

De ahí que el consentimiento de un niño sea lo más fácil y barato de obtener; en el más problemático de los casos basta con ofrecerle, a cambio de su consentimiento, una bolsa de chucherías o un juguete.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )