EL BASURERO DEL NACIONALISMO

Tal día como ayer, en 1547, nacía Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares. O al menos así es para la historiografía tradicional. También hay una versión B, en los Països Catalans: Miquel de Cervantes, o Joan Miquel, escribió El Quixot, libro que después fue secuestrado por el imperio castellano que lo españolizó como El Quijote para arrebatarles otro hijo ilustre, nacido en Xixona pero residente en el Barri Gòtic. Considerando cómo Cervantes confesaba en la Información de Argel(1580) ser de Alcalá, eso demostraría que el CNI en tiempos de Felipe II ya era una maquinaria implacable capaz de duplicar biografías como si Cervantes fuese Jason Bourne. En fin, así acabó El Quixot de l’Empordà domiciliado en La Mancha.

Esa mamarrachada del Institut de Nova Història, más allá de su propia ridiculez, seguramente delata una actitud característica en el catalanismo: concebir la Historia no como relato de lo sucedido, sino como un semillero de mitos. Y, eso sí, con barra libre. Ya no se trata de este ‘Institut’, básicamente un ‘Club de la Comedia’ que trata de catalanizar toda clase de personajes, desde Colón, que no salió de Palos como registran las crónicas sino de Pals (Girona), y ya puestos a Juan de la Cosa, Hernán Cortés y hasta Bartolomé de las Casas… escamoteados por Castilla «para apropiarse del dominio colonial». O sea, todo el oro de América era de Cataluña. Espanya ens roba. Tal vez, como Ciorán, creen que la Historia es un modo de combatir el aburrimiento. Juegos de una sociedad rica.

La invención de la Historia es, por supuesto, parte de la invención del presente. Se trata de crear una Historia paralela para justificar una realidad paralela. En definitiva Cataluña es real, pero se reconoce a sí misma en una ficción. Esta gente del Institut sólo son la caricatura de esa historiografía catalana masivamente consagrada a inventar una Historia de Cataluña desde la Marca Hispánica, extremo sur del imperio carolingio. Como apunta Jordi Canal, autor de una estupenda Historia mínima de Cataluña para Turner, Cataluña nunca ha sido una nación y ni siquiera hubo una Corona catalanoaragonesa o, tanto menos, reyes catalanes. Pero las aulas han completado la tarea, o la tara, con la geografía e historia de los Països Catalans, ficción de sesgo imperial que nutre sus leyendas. Y ahí integran todas las frustraciones. Baudrillard, en La ilusión del fin, ya establecía una conclusión: «Si no hay más basureros de la historia, esto es porque la Historia misma se ha convertido en un cubo de basura. Se ha convertido en su propia papelera».

En el proceso de invención, no sólo se ha adulterado la realidad o se han asimilado personajes y episodios para ensanchar sus mitos, sino algo más corrosivo: dinamitar la ‘historia común’. Los catalanes son parte de la Historia de España, de su memoria sentimental, de Prim a Xavi Hernández, de Agustina de Aragón a Albéniz, de Pi i Margall a Ferran Adrià, de Gaudí o Pla a Marsé o Tusquets. Cervantes escribió de Cataluña con admiración, porque de hecho es el lugar más admirado de España. Y no hay catalanofobia sino resentimiento por su separatismo supremacista inspirado en un pasado ficticio. El conflicto traza una línea irreal como trinchera. Pero no engañan a nadie que no quiera ser engañado. Como dijo Ken Loach en una ceremonia de premios de Cannes: «Sólo si decimos la verdad sobre el pasado, podemos decir la verdad sobre el presente». Y viceversa: quien no está dispuesto a decir la verdad sobre el pasado es porque no está dispuesto a decir la verdad sobre el presente.

Teodoro León Gross ( El Mundo )