La tarea fundamental de la casta partidocrática durante la Transición ha sido desnaturalizar la democracia y desmoralizar a la sociedad. El funcionamiento de las instituciones en este tiempo ha sido insatisfactorio, y deleznable la calificación moral de los políticos. Los problemas esenciales de la ciudadanía y de la patria se han ido agravando hasta pudrirse. España, en todos los aspectos, comparándola con la de hace cinco décadas, está irreconocible.

Siempre nos han vendido como la gran tarea de la «izquierda» la transformación de la sociedad, en el sentido de acabar con los desafueros sociales, los abusos del capital, las injusticias laborales y civiles, etc.; es decir, el cambio de las estructuras impuestas por una oligarquía encriptada en la dinámica del lucro, para dar paso al hombre nuevo integrado en una justicia universal.

El resultado de dicha empresa, a la vista está, ha sido un estrepitoso fracaso. Y no por falta de medios ni de simpatías, sino por ausencia de buena voluntad. Las teorías progresistas han sido un engaño mayúsculo, y sus agentes unos defraudadores que, impulsándolas, lo único que pretendían era alcanzar el poder para eternizarse en él.

Se han reído del hombre y se han reído de la justicia, pero como el Mal nunca descansa y su objetivo es mantener viva la farsa, ahora el señuelo del «hombre nuevo» lo han cambiado por el del «nuevo orden», y la «justicia universal» por el «globalismo democrático». Más sus aberraciones LGTBI.

El caso es que nos hallamos ante una sociedad degradada en sus valores, en su economía y en su sentido de lo cívico, y que se hace ineludible un inmenso esfuerzo regenerativo, porque de la partidocracia, de las decisiones gubernamentales o de las instituciones no se puede esperar otra cosa que la reincidencia en el abuso y la traición.

Todas ellas constituyen el mayor enemigo de nuestra sociedad, empeñadas como están en destruir nuestras raíces y razón de ser y en llevarnos a la deriva, hacia el abismo.

Ese rearme moral y cívico está fallando porque la educación pública, la cultura civil y política de los españoles hace aguas, pues se ha dejado en manos de los «modernizadores» izquierdistas, que han conseguido convertir sus televisiones en educadoras del pueblo, no existiendo ningún horizonte ni educación posible más y, si existe, se le margina, se le calumnia o se le quita de en medio.

Hoy, la omnipresente propaganda capital-socialista está capacitada para eliminar a las mejores voluntades, y dedicada fervientemente a ello.

La batalla cultural es la única opción, la única protección para contrarrestar esta mafia ideológica compuesta por la oligarquía y sus sicarios, déspotas endiosados por su poder y su impunidad. Y para depurar cuanto antes el fangal en el que chapoteamos ha de llevarse a cabo con la misma obstinación, al menos, con la que ellos agitan sus dogmas y consignas; y responsabilizando de paso en la tarea a las instituciones desleales y a la ciudadanía contaminada.

Inmersos en esta grave crisis identitaria, moral y de autoridad, es necesario denunciar sin descanso el terrorismo y los crímenes frentepopulistas, las omnipotentes ventajas de los amos, la delincuencia que singulariza a la casta política, las deficiencias constitucionales y electorales, los entreguismos en política exterior, los fraudes educativos, las leyes antinaturales y liberticidas, el ataque a la lengua nacional, el caos migratorio, la endeblez fronteriza, la quiebra de la división de poderes, la venalidad de la justicia, etc.

La unidad de la patria corre peligro, y enemigos interiores y exteriores vienen apostando por nuestra desintegración territorial. El Gobierno español, enemigo él mismo de España, demuestra diariamente su complacencia con dichos enemigos, acelerando nuestra destrucción.

Y el Estado, obviamente, se muestra incapaz de defenderse a sí mismo y a sus ciudadanos. En esta encrucijada, el peligro está en permanecer dormido escuchando los cantos de sirena o las gastadas palabras de los explotadores y sus intoxicadores, evitando mirar de frente a una realidad que se impone brutalmente.

Es imprescindible un pensamiento y una acción eficaces, un nuevo impulso creador. Y esa labor, huérfanos de autoridad estatal y religiosa como nos hallamos, corresponde a los espíritus libres y a los hombres de bien desde la cotidianidad de cada cual, sin despreciar las propias fuerzas, aunque parezcan escasas.

Ante la pasiva actitud, en general, de la ciudadanía y con la sola y censurada voz de VOX, es preciso poner en marcha, por iniciativa de los resistentes, una pujante labor concienciadora.

Sabemos que conocer la realidad y reafirmarla constituye una necesidad para el fuerte, en la misma proporción que el débil necesita, a impulsos de su debilidad, huir de dicha realidad, porque no le está permitido conocer: los decadentes necesitan la mentira.

Desenmascarar esa mentira y a los conformistas que se agarran a ella para conservar su comodidad y sus privilegios y, de paso, destruir los del común, es una de las condiciones previas para la inexcusable regeneración que España requiere.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )