La conversación telefónica entre los presidentes Joe Biden y Pedro Sánchez debería servir para recomponer una relación bilateral marcada hasta ahora por la indiferencia del mandatario estadounidense y la impotencia del español por recibir un gesto de cordialidad desde Washington.

El paseíllo entre ambos durante la última cumbre de la OTAN fue más afrentoso para España que otra cosa y solo demostró que la incomunicación de Biden con el presidente Sánchez desde su toma de posesión era premeditada.

La reciente omisión de España en la lista de países a los que Washington agradecía su colaboración para las repatriaciones desde Kabul hacía presagiar una prolongación de la frialdad entes ambos países, algo incompatible con su condición de aliados políticos y militares.

Por eso es importante la conversación entre Biden y Sánchez, aunque tuviera como motivo inmediato el interés de EE.UU. en la autorización del Gobierno para usar las bases de Rota y Morón en el tránsito de los colaboradores afganos hasta suelo americano.

Tampoco hay que pecar de ingenuidad, porque Washington se ha movido por interés propio, pero al menos ha habido un contacto directo entre ambos presidentes y es una oportunidad que Sánchez debe aprovechar.

Las bases de uso conjunto han sido utilizadas por Estados Unidos en numerosas ocasiones, como sucedió con las intervenciones aliadas en Irak o en ataques contra objetivos militares en Siria. Además, tras el grave conflicto fronterizo con Marruecos, cuyo Gobierno siempre está atento a las debilidades diplomáticas españolas, al Gobierno de Sánchez le convenía hallar un motivo de aproximación a Washington y evitar una excesiva decantación de EE.UU. por el reino marroquí.

La evolución de los acontecimientos precisará los papeles que la administración demócrata y Bruselas quieren asumir en la crisis de Afganistán. Y en ese contexto deberá figurar España, como país aliado que ha estado presente en la coalición internacional que se forjó hace dos décadas para erradicar el terrorismo yihadista y propiciar un régimen político que orillara a los talibanes.

Por eso no basta esta recreación de los países occidentales en la gestión humanitaria del problema. Se comprende que ahora la prioridad sea el rescate del mayor número posible de afganos colaboradores de las misiones y que un discurso amenazante a los talibanes resulte contrario a ese objetivo.

Sin embargo, pronto habrá que pasar a la gestión política y militar de la crisis, aunque esta segunda vertiente solo sea de contención. Hay espacio para que el Gobierno de Sánchez, tras la conversación con Biden y el protagonismo europeo de la base de Torrejón, recupere un nivel aceptable de relaciones con su principal aliado atlántico.

Para lograrlo, hay que soltar el lastre de los desaires de Zapatero y controlar a los ministros podemitas, cuyo antiamericanismo está solo en paréntesis. Basta reparar en su silencio sobre las mujeres afganas para confirmar que no quieren decir una sola palabra que evidencie su preocupación por la salida de EE.UU. de Afganistán.

España tiene bien definidos sus intereses geoestratégicos en el ámbito de la defensa atlántica y de las democracias occidentales. Jugar a país no alineado o a cabeza de puente chavista en Europa sería un error inexcusable.

Las diferencias ideológicas no impidieron una buena relación entre González y Bush padre o entre Aznar y Clinton, porque en todos pesaba más el interés de su país y su condición de aliados.

Esta es la senda de la cooperación que debe recuperar Sánchez, pero antes tendrá que liberar a su partido de los tics antiamericanos que aún arrastra.

ABC