El proceso de travestismo de los dos partidos herederos de Batasuna, Bildu y Sortu, hacia su blanqueamiento definitivo se está acelerando a marchas forzadas. La estrategia es sencilla y además cuenta con la complicidad del aparato de propaganda del Gobierno.

Se trata de concederles el marchamo de partidos plenamente democráticos y con legitimidad acreditada, no ya para estar en las instituciones, sino para dirigirlas. Ahora es cuando cobra todo el sentido la expresión que avanzó en su día Pablo Iglesias, siendo aún vicepresidente, con su invitación a Bildu para que se sumara a la «dirección del Estado». Aquello no era la expresión genérica de un deseo político, sino el inicio de un camino que el PSOE y Podemos están recorriendo de la mano de los sucesores de ETA junto al PNV y ERC.

Ese es el cariz de sus socios, y esta es la indignidad a la que Pedro Sánchez quiere someter ahora a todos los españoles convirtiendo la sanguinaria historia de ETA en una inocente causa política superada por una suerte de indulto inmoral, como si tuviese que dejar de existir la memoria colectiva del horror. O como si fuese posible decretar una prescripción política de cada coche bomba, de cada disparo en la nuca, o de cada secuestro y extorsión.

Tanto Bildu como Sortu tienen en sus núcleos de dirección a terroristas con antecedentes penales, muchos de los cuales continúan vigentes en términos de inhabilitación. Es el caso del propio Arnaldo Otegi. Sin embargo, la laxitud moral del Gobierno con estos partidos les está facilitando fingir que están modificando sus objetivos, lo cual es falso.

Son quienes fueron, y la letra de sus sentencias condenatorias a manos de los tribunales no puede ser borrada por Sánchez solo porque antes o después necesitará asegurar a Bildu como socio. Es una operación de marketing político que fraguan Bildu y Sortu sobre la sangre de todas víctimas de ETA, y lo que cabe preguntarse con frustración es por qué la apadrina el PSOE.

Eran el brazo político de una organización criminal, y ahora solo quieren disfrazarse de partidos útiles a la sociedad, de formaciones institucionalizadas que aparentan renegar de la violencia sin que sea así. No piden perdón. Solo «lamentan» los atentados y gesticulan aparentando que se han rehabilitado para convivir en democracia. Quieren ser ERC a la vasca.

Por eso es incomprensible que Sánchez jalee tanta mentira. No solo está alentando -para enfado del PNV- posibles futuras alianzas con Bildu en el País Vasco, sino que el PSOE ha diseñado junto a Otegi una ‘nueva normalidad’ para los restos de ETA, lavando sus antecedentes penales hasta el punto de dejarlos poco menos que en pecados disculpables de juventud.

Bildu se ha ofrecido al PNV para aprobar los presupuestos vascos; ha hecho lo propio con los de Sánchez; viene a decir que los homenajes a etarras ya no serán actos de exaltación de asesinos… Y ahora uno de los eternos estrategas de ETA, Rufino Etxebarria, abandona la dirección de Sortu para terminar de ‘purificar’ a la formación y mostrar el camino a Otegi, porque solo dejando paso a una generación nueva los proetarras culminarán su cínico proceso de blanqueo.

Sin embargo, no cuadra nada. Es la impostura de unos falsarios. Que ETA ya no mate no significa que sus sucesores hayan dejado de cultivar la semilla del odio acosando a los demócratas, humillando a las víctimas, sin aclarar ninguno de los 350 juicios pendientes, sin indemnizar a una sola víctima, y con todos sus presos jactándose de estar cerca de casa.

Esto sí que es una perversión de la memoria democrática.

ABC