BLA-BLA-BLA

El Covid-19 nos ha llevado a un dilema dramático: la mejor, puede que única, forma de detener la epidemia es mantener a los ciudadanos en sus casas, como hizo Corea del Sur, mientras sanan o mueren los infectados.

Pero eso significa paralizar un país con enormes costos sanitarios y un cese de la actividad productiva, que en el caso de no tener reservas, como ocurre al nuestro, le llevaría a la bancarrota.

El Gobierno de Sánchez, que podría llamarse Sánchez-Iglesias, llevado por ese optimismo suicida de la izquierda que le hace creerse sus propias mentiras, no tomó en serio la aparición del coronavirus en el otro extremo de Asia ni adoptó las medidas adecuadas contra él incluso cuando hacía estragos en Italia, creyendo que, como el ébola y el Sars, se consumirían en poco tiempo.

En un oportunista como su presidente, no debe descartarse que pensara aprovecharlo para acallar a los secesionistas y aprobar el presupuesto, su mayor preocupación. Envuelto todo en palabrería tranquilizadora. Fueron las cuentas de la lechera. El Covid-19 se presentó rugiendo y tuvo que declarar el estado de alarma, que ha resultado insuficiente y, aparte de prorrogarlo, ha tenido que endurecerlo, prohibiendo toda actividad «no esencial», incluidas la construcción y la industria, a un paso ya de la parálisis.

Ahí le esperaba la segunda crisis: ¿cómo va a funcionar el país paralizado? ¿Cómo van a sufragarse los enormes costes de la epidemia? ¿Cómo van a pagar salarios, seguros, impuestos, alquileres las empresas grandes y pequeñas? ¿Cómo van a sobrevivir los tres millones de autónomos si no reciben ingresos? Se permite a las pymes demorar el pago de sus deudas y el Estado avalará el 80% de los créditos que pidan.

Pero es dinero a devolver y muchas preferirán cerrar: el 15% ya lo ha hecho. El golpe de gracia fue prohibir los despidos temporales por el virus. «Esto llevará a más paro -advierten las organizaciones empresariales-. Y será perjudicial para el equilibrio económico y para las cuentas públicas». Lógico: la parálisis productiva lleva inevitablemente a la parálisis fiscal.

Esta es la situación cuando empieza la segunda quincena de la crisis, con casi 10.000 sanitarios contagiados, las UCI al borde del colapso y un récord de fallecidos. El pueblo español ha estado a la altura de las circunstancias, encerrado en sus pisos. El que no lo ha estado es el Gobierno.

Alardeó de adelantarse a la pandemia y de haber tomado las mejores medidas, y resulta que tenemos que ir a China por mascarillas. Nuestro error fue creer a un señor convencido de que Europa iba a sacarle del apuro por su cara bonita. Sus palmeros intentan minimizarlo atribuyéndolo a un «exceso de confianza o inexperiencia».

Eso no le disculpa, al revés, le inhabilita para gobernar. Si con las cosas de comer no se juega, con las epidemias, menos. «La recesión podría dañar más que la epidemia», decía a ABC Antonio Trilla, jefe de Epidemiología del Hospital Clínico de Barcelona, mientras sigue el bla-bla-bla gubernamental.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor