BLANCA VUELVE A SU MONTAÑA

No encajaba nada y, de repente, encaja todo. No encajaba que hubiera dicho a sus hermanos que se marchaba unos días de acampada, sin llevarse la minitienda, el saco de dormir ni la mochila. Que dejase el móvil en casa. Que comprase sólo un poco de queso en un supermercado.

Que aparcase el coche al pie de los senderos de Siete Picos, cuando realmente se dirigía a La Peñota, por lo que necesitó andar ocho kilómetros, pudiendo haber ido mucho más fácil desde Cercedilla. Hasta que empezaron a surgir detalles inquietantes: el vecino que la ve abrazar en esa localidad la estatua de su hermano Francisco. Que en su bolso tuviese apenas 15 euros y sus cuentas estuviesen a cero.

Que sus dos matrimonios habían acabado en divorcio. Que sus dos hijos, ambos jugadores de rugby, la chica internacional de la selección española, vivieran con su padre. Que los distintos negocios emprendidos no resultaran, por lo que tuvo que vender su chalé en Las Rozas e irse a vivir con su hermana menor. Que rechazara ser guía de montaña al considerar que merecía más, y últimamente se ganara la vida como entrenadora personal a domicilio.

Que el depósito de gasolina de su coche estaba ya en reserva y le hubiera sido difícil regresar. Que debió morir a las pocas horas, tal era el grado de descomposición de su cuerpo que resultaba irreconocible. Que no sufrió ataque, ni caída ni desfallecimiento pues no presentaba señales de golpes. Que en su bolso quedaran restos de los medicamentos que estaba tomando.

Las causas de la muerte las dirá la autopsia definitiva, pero que fuese hallada por una perra «jubilada» de los servicios de estupefacientes de la Guardia Civil, adoptada por un sargento retirado del Cuerpo, voluntario en la búsqueda, hablan por sí mismos, ya que tanto nos cuesta admitir lo que se ha definido como la última salida cuando no hay ninguna.

Mucho, por no decir todo, indica que Blanca Fernández Ochoa eligió pasar sus últimas horas en las montañas de su infancia, donde aprendió a deslizarse sobre la nieve y la llevó a la cima de ese deporte: una medalla olímpica, la única que ha conseguido el esquí femenino español.

Ella, que con su eterna sonrisa nos regaló optimismo y orgullo, parece que llegó a un momento en que no pudo aguantar más golpes del destino. Y prefirió irse a su manera. Sola, en silencio, rodeada de sus montañas, tal vez para pasar a formar parte de ellas.

En esos ocho kilómetros de caminata hasta La Peñota, pudo contemplar la majestuosidad del Guadarrama, sus valles umbríos y sus escarpadas laderas, que tantas veces había recorrido en tiempos más felices. No sabemos si llegó a subir el pico (1.944 m) desde el que se divisa buena parte de la provincia de Segovia.

Puede que no, que se sintiera sin fuerzas para hacerlo y decidiera echarse a su pie, para descansar ya para siempre. A nosotros, el resto de los españoles, no nos queda más que agradecerle las alegrías que nos dio y recordarla con su eterna sonrisa.

José María Carrascal ( ABC )