Noche del viernes. Mientras millones de madrileños veían restringida su movilidad por una orden gubernamental, probablemente coja jurídicamente y donde no se detalla siquiera la fecha final, Fernando Simón irrumpía en televisión pasándolo de traca con Calleja por la luminosa Dragonera balear: buceo, escalada, paseos en globo, mountain bike… Pecho lobo, con posados a lo Putin.

Oportuno peloteo al Líder Supremo (contó extasiado que cuando Sánchez encerró a todo el país a sugerencia suya se dijo: «Joer, este hombre tiene mucho, mucho valor»). Defensa de su gestión personal: «Las cosas se han hecho bien» (España, cuarto país con más muertos por cien mil habitantes).

Cuando llegaron las dos únicas preguntas complicadas de Calleja -¿por qué no vio venir el problema tras dispararse en China e Italia?- se notaba que estaban ensayadas. Pero ni así fue el entrañable Simón capaz de ofrecer una excusa convincente.

Durante cinco días, mientras crecía la alarma por Madrid y mientras nueve de las diez regiones europeas con más contagios eran españolas, Simón se dedicaba a rodar en Baleares con el montañero televisivo: «Yo siempre dije que no sería famoso hasta que me llamase Calleja».

El médico se presentó como un simple funcionario celoso de su privacidad. Entonces, ¿por qué acepta un programa de televisión de audiencia masiva diseñado con el objeto de blanquear su figura, y de paso, la del Gobierno?

Simón, de 57 años, se mostró como un tipo risueño, afectuoso y tranquilo, majetón. Probablemente lo sea. Pero lo importante no es si es campechano o altivo, o si le gusta transitar en moto o en dromedario. Lo único relevante aquí es si se trata de un profesional competente ante una epidemia complicadísima. Y con los datos en la mano solo cabe una conclusión: no ha dado una.

Descartó el riesgo de contagio masivo cuando media Italia ya estaba confinada y chinos e italianos seguían volando libremente a España. Un día nos decía que no hacía falta mascarilla y al siguiente, que sí. Nos mintió sobre el famoso «comité de expertos», que no existía. Su equipo ni siquiera es capaz de contar bien los muertos (reconocen 32.086, cuando los estudios independientes estiman 53.000).

España es el país europeo en peor situación y el cuarto del mundo con más fallecidos por cien mil habitantes, según la Universidad Johns Hopkins, centro de referencia. Simón dio por buena la «nueva normalidad» y no nos alertó de que se fraguaba una segunda ola y urgían medidas inmediatas.

No solo reaccionó tarde ante la primera crecida, tampoco quiso ver la segunda. Esta es la verdad, aunque pueda resultar entrañable verlo contándole sus batallitas al jovial montañero con una extraordinaria vista mediterránea al fondo.

Admirando una cueva submarina, a Calleja y Simón no se les ocurrió mejor guiño simpático que señalar las estalactitas como si fuesen un marcador de pandemias. Seguro que a las familias de los 53.000 muertos que el médico no sabe ni contar les hizo muchísima gracia.

Calleja nos vendió a una persona agradable para ir de excursión con una fiambrera de tortilla y una cantimplora.

Pero se puede ser un buen tipo y no dar la talla profesional ante un problema que ha desbordado tu umbral de competencia.

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor