Boleros

Escribo mientras escucho a María Dolores Pradera, que ha muerto con absoluta discreción mientras me susurraba al oído “el tiempo que te quede libre, si te es posible, dedícalo a mí”. La frase es elocuente y tristísima, pues mendigar tiempo libre para amar siempre ha sido un deseo insatisfecho. Los hombres no tienen tiempo, y cuando lo tienen se lo dedican al deporte, concretamente al fútbol, que vuelve a darnos la matraca con el mundial de Putin.

Tarde o temprano, todas las mujeres nos envolvemos en la bandera de un bolero arrastrado. El corazón es la patria del bolero. A lo largo de los años, el territorio del corazón ha sido ocupado sucesivamente por Chavela Vargas, la Pradera, Los Panchos, Luz Casal, Lucho Gatica y Café Quijano, que sin salir de Valladolid echó mano de la inspiración mexicana y universal, y ahora invade las noches de Top radio.

Hoy elijo solo a aquéllos con los que me siento más identificada, pero son centenares los cantantes que han alcanzado la estratosfera con el bolero. Desde siempre he admirado la rasposa y conmovedora voz de Dyango, que triunfó en América, no tanto en España, y como venganza se hizo indepeEra excitante sentir el pellizco de sus frases lapidarias a la altura del esternón. Ya lo decía María Dolores Pradera en uno de sus bolerazos: “Amor se escribe con llanto”. Ahora ella se ha ido dejándonos muchas frases con lágrima. En cada dísco una, por lo menos.

La Pradera nació en Madrid y ha muerto en Madrid, pero yo siempre creí que era latinoamericana porque sus canciones y sus ponchos eran auténticas lecciones de geografía. Unas hablaban de los Andes, otras del pájaro chogui, el río Paraná o la guajira cubana. Hizo suyo el continente americano, y lo mismo cantó a Chabuca Granda que a José Alfredo Jiménez, Atahualpa Yupanqui o Violeta Parra. Bordó el bolero, que en su voz desgarraba poco a poco, como el tango en la voz de Gardel, dramática y principesca.

Pradera (una vez más, el apellido redondea la categoría: la Pradera, la Xirgu, la Velasco, la Campos) ha arropado el desamor con elocuentes silencios. “Tu tenías veinte años, yo tenía muchos más, tu tenías veinte años y yo no tenía edad”.

Una de sus más bellas canciones fue El mundo que yo no viva, una letra inmensa y surrealista que no se parece a un bolero ni por el forro. En ella metieron mano Chicho S. Ferlosio, Agustín García Calvo y el propio Amancio Prada. Todos filósofos.

Carmen Rigalt ( El Mundo )