No creo que sea el único español harto de nuestro quijotismo y, de manera especial, de ese falso buenismo introducido, últimamente, por nuestros enemigos interiores, los enemigos de España -podemitas, golpistas catalonios, separatistas de varias especies, filoterroristas y perroflautas en general-, cuyo único objetivo es, precisamente, la destrucción de nuestra Nación y, de paso, nuestra historia, nuestra cultura y nuestras tradiciones inveteradas.

El otro día, la conducta observada por nuestro Rey, Don Felipe VI, en la toma de posesión del Presidente colombiano -otro filo-comunista bolivariano que ocupa la presidencia de un país en la América hispana-, fue la que, en buena lógica y por patriotismo, debería observar cualquier español de bien cuando se pretende ofender nuestra memoria rindiendo público tributo a los que fueron unos traidores para con nosotros.

La falta de conocimiento de nuestra historia, a cada paso más agudizada, es en buena medida la responsable de esa absurda actitud buenista que mantenemos a ultranza, especialmente las generaciones más jóvenes debidamente manejadas y alienadas por docentes de ideología izquierdosa que, en un alarde de perversa ignorancia, persisten machaconamente en enseñar la peor cara de esa leyenda negra tejida por nuestros enemigos seculares.

Fruto de estas perniciosas enseñanzas, una buena parte de nuestra juventud, a cada paso más inculta y peor preparada más allá de conocer a la perfección el dominio de las alienantes redes sociales y seguir los pasos de esos que pomposamente llaman “influenciadores”, que no dejan de ser igual de incultos pero vestidos con ropa de domingo, creen, a pies juntillas, que los españoles fuimos una suerte de perversión andante y así están convencidos -es lo que les han enseñado- de que fuimos los que más brujas quemamos, los que masacramos a más indios, los que expoliamos más territorios, en definitiva, los más miserables en la historia de la humanidad, en tanto que los auténticos autores de tales desafueros -ingleses, franceses, holandeses y belgas- se van de rositas hasta el punto de que nuestra juventud, carente del más elemental sentido patriótico pues nadie se lo ha enseñado, luce con orgullo en sus prendas la bandera de ingleses, francés o noruegos, en lugar de mostrar la nuestra.

Fruto de este desconocimiento supino, al que no puede sustraerse tampoco una buena parte de la ignorante casta política, en especial la estulta y malvada “podemía”, cualquier enemigo de España se convierte en un héroe a la vista de esta tropilla que mal dirige nuestros destinos.

Aquí, nadie levanta la voz cuando tanto en Norteamérica como en la América hispana se derriban impunemente los monumentos erigidos en honor de la Reina Católica, Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Pizarro o cualquier otro español que llevó nuestra cultura, nuestra lengua, nuestra fe y nuestra forma de entender la vida más allá de nuestras fronteras y, sin embargo, en las ciudades y pueblos de España proliferan en el nomenclátor de su callejero nombres como Simón Bolívar, San Martín y, en el colmo del dislate, hasta Napoleón Bonaparte, todos ellos enemigos viscerales de España, asesinos de españoles, algunos de los cuales incluso cuentan con monumentos en algunas de nuestras ciudades -en La Coruña, por ejemplo, Simón Bolívar y San Martín tienen erigidos sendos monumentos, en tanto que a Napoleón le han dedicado una calle.

Pero como el que nos ocupa es Simón Bolívar, debemos decir que su caso es singular, un aristócrata de familia criolla, formado entre otros países en España donde incluso contrajo matrimonio, se levantó en armas contra el poder real, iniciando una guerra civil entre españoles -realistas e independentistas-, aprovechando que la metrópoli se encontraba sumida en una cruel guerra contra el sátrapa de Napoleón y sus huestes.

El odio que nos procesaba este siniestro personaje, ambicioso y malvado, se pone de manifiesto en el “Decreto de guerra a muerte” en el que se determina el genocidio llevado a cabo, de forma indiscriminada, contra todo aquel que no siguiese su causa independentista, especialmente aquellos españoles no nacidos en América en contraposición con los también españoles pero nacidos en el continente americano.

Un militar mediocre, cobarde y traidor como lo demostró en Puerto Cabello (30 de junio de 1812), donde su arrogancia y prepotencia fue humillada por nuestros soldados que le infringieron una sonada derrota de la que ni tan siquiera se hizo responsable pese a ser Bolívar el jefe de los independentistas, aduciendo, en su carta dirigida a Miranda, que se sentía desgraciado como consecuencia de la derrota y de la pérdida de la plaza de Puerto Cabello pero que no se consideraba culpable. ¿Quién lo fue entonces?

Pues bien, el otro día nuestro Rey permaneció sentado cuando, de forma sorpresiva y sin venir a cuento, el nuevo sátrapa rojo colombiano exhibió la espada de Bolívar. Que bien hizo S.M. en no ponerse en pie para rendir tributo a la espada de un enemigo de España que fue el causante directo del asesinato de muchos cientos de españoles.

Esto nada tiene que ver con aquella actitud chulesca, fuera de lugar, del tal Zapatero cuando no se puso en pie al paso de una bandera norteamericana. Aquello fue un desplante y una grosería imperdonable ya que, la bandera, sea la que sea y de quien sea -incluida aquella de la vieja URSS de la hoz y el martillo, cuando era la enseña oficial de aquel país- representa a la nación y a todos sus habitantes, piensen como piensen y profesen la ideología que profesen, así como a su historia y eso merece un profundo respeto.

Sin embargo, en aquella ocasión ni la malvada “podemía”, ni la izquierda más casposa puso el grito en el cielo al contrario que ahora que, todo cuanto botarate izquierdoso pisa nuestro suelo -sea español o no-, protestó airadamente y consideró una afrenta la actitud honrosa de nuestro monarca.

Pero claro, qué se puede esperar de todo ese conglomerado de indeseables -podemitas, filoterroristas, golpistas y separatistas- que a lo único que aspiran es a destruir España y de paso derrocar la monarquía y para colmo cobrando del erario.

Es necesario que, en las próximas elecciones a más tardar, se borre del mapa de nuestra Patria a toda esta caterva de malvados con sus “mises” -esas del cambio diario de vestido, chalet con piscina y sueldos millonarios- a la cabeza ya que, con su marcha, nos ahorraremos, además de mucho dinero, muchos quebraderos de cabeza.

Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )