BREXIT: DE LA ALTIVEZ AL RIDÍCULO

El británico John Oliver, sagaz presentador de HBO, ponía el foco hace unos días en una hilarante contradicción del Brexit. Familias inglesas almacenando platos preparados de chicken tikka, chili con carne, fajitas mexicanas o espaguetis boloñesa en latas del tamaño de botes de pintura grandes.

Los llamados «brexit box» se venden bajo el reclamo de las alzas de precios y escaseces que puedan derivarse del abandono de la UE. Una salida que se impuso a base de promesas de mayor bienestar y mantras de rechazo a las culturas inmigrantes.

Las personas tendemos a creernos lo que queremos. Esta inclinación unida al punto de altivez que subyace en todo nacionalismo -somos mejores y más listos que el resto- arroja una combinación tan explosiva como para que el Reino Unido afronte el riesgo de cortar su vinculación con la UE de un hachazo en once días.

Han pasado casi tres años desde que se celebró el referéndum de salida y nada ha resultado ser como los impulsores del Brexit prometieron y los nostálgicos del pasado creyeron. Esta es la única certeza que existe en un país que soñó con volver a ser un imperio y que hoy, encallado en punto muerto, desconoce el precio que aquella ilusión terminará por cobrarle.

El Brexit no provocará que Inglaterra cobre protagonismo en el mundo, ni que los países hagan cola para ser sus socios. Tampoco el control de la inmigración europea será compatible con el acceso al mercado único ni las familias británicas verán bajar sus impuestos, como prometieron los «brexiteers».

Nunca llegarán al sistema sanitario los 17.500 millones anuales inventados por Boris Johnson y el Gobierno no podrá asumir las subvenciones que enviaba la UE. Al contrario. Aunque haya acuerdo, el Brexit obligará a Downing Street a subir impuestos y el sistema de salud tendrá que apretarse el cinturón. Si no lo hay, las puertas del mercado único se cerrarán y los trabajadores dispuestos a limpiar váteres públicos por nueve libras la hora empezarán a desfilar por la frontera.

Reino Unido tampoco ha ganado en fortaleza interna. Los grandes líderes no solo no logran ponerse de acuerdo sino que afrontan desavenencias dentro de sus propios partidos. El único punto que une a todos es el rechazo a una frontera dura en Irlanda. Una de las pocas cosas que se hará realidad con seguridad, si en once días no cierran un acuerdo. En una nueva ironía, los unionistas de Irlanda del Norte apostaron por salir de la UE sin atisbar que haría falta colocar una frontera.

La ilusión de los nuevos tiempos de gloria se ha desvanecido en el Reino Unido pero no lo ha hecho el punto de altivez que llevó el «leave» a la victoria. Reconocer el error del brexit es a ojos de los políticos británicos un ridículo que ninguno de sus promotores está dispuesto a asumir. Y a cambio de mantener su orgullo están ofreciendo un espectáculo tan bochornoso que avergonzaría a cualquier país con menos aires de grandeza.

Ana I. Sánchez ( ABC )