BUCÉFALO CARACOLEA

En Europa sigue el baile tribal de las identidades. Cuando esa danza se escenifica en la península balcánica, la chispa puede acabar en incendio. Los macedonios lograron la independencia y erigieron una colosal estatua en Skopie de Alejandro Magno caracoleando en su caballo. Atenas se enfureció y tuvieron que llamar a la estatua Guerrero a caballo. El primer ministro macedonio, Kiro Gligorov, habló así: «Somos macedonios, pero eslavomacedonios. No tenemos nada que ver con Alejandro Magno. Los antiguos macedonios ya no existen».

Ahora, el mediador de la ONU ve «una dinámica positiva» sobre la denominación de la antigua república de Yugoslavia, después de un conflicto que ha durado 27 años. Grecia rechazaba que usaran el nombre República de Macedonia; por fin, Tsipras está dispuesto a aceptar un nombre compuesto que incluya la palabra Macedonia.

Las nuevas naciones reivindican sus mitos como si fueran materias primas. Alejandro era más que un mito, se consideraba un dios. Aristóteles le dio clase de los 13 a los 17 años. «Su cutis espiraba fragancia y en su boca y su carne todo despedía el mejor olor», escribe Plutarco. Cuando compraron por 13 talentos el caballo Bucéfalo, su padre dijo que era demasiado salvaje; pero Alejandro, con 12 años, lo domó y lo montó después de ponerlo con la mirada al sol para que no se espantara de su propia sombra. Fue entonces cuando Filipo dijo: «Hijo mío, busca un reino igual a ti, porque en la Macedonia no cabes».

El nuevo Aquiles se sintió humillado cuando en la tierra de los escitas halló una inscripción que narraba la hazañas de la reina Semíramis: «Yo he visto cuatro mares. Cambié el curso de los ríos. Y, entre todas las ocupaciones, encontré tiempo para el placer, encontré tiempo para el amor».

Los ginosofistas -según el término empleado por Cervantes– eran brahmanes de la India, ascetas desnudos que se alimentaban de hierba. Aquellos magos le dijeron algo al guerrero que vale para los supremacistas actuales: «Alejandro, cada hombre es sólo dueño de la tierra que pisa y, cuando mueras, sólo poseerás la tierra que ocupa tu cuerpo». Incluso Séneca regatea la gloria al héroe y le acusa de ser un ladrón desde su niñez, un devastador de pueblos que consiguió el supremo bien de ser objeto de terror para todos los mortales. Y Cervantes, en el Quijote, también rebaja el ego del dios: «Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dél que tuvo sus ciertos puntos de borracho».

Raúl del Pozo ( El Mundo )