El último informe conocido de Naciones Unidas sobre la felicidad en el Mundo ( Word Happiness Report ) nos sitúa en el lugar número 30 de los 156 países encuestados, aunque con una tendencia hacia la melancolía porque a finales del 2019 habíamos bajado nueve puestos en el escalafón con respecto al año anterior, con lo que se ve que antes de que comenzara la pandemia ya íbamos apuntado maneras.

Si desglosamos los conceptos que definen nuestra percepción de felicidad o tristeza , en “esperanza de vida saludable” ocupamos la 3ª posición del ranking, tras Japón y Singapur (o al menos así era antes de la pandemia)

En el “apoyo mutuo entre familiares y amigos” estamos en la posición número 26.

En “renta per cápita” en el lugar número 30.

En “generosidad -donaciones en dinero y voluntariado” en el 50.

En “percepción de corrupción” en el 78.

Y, por último, en » libertad de elección individual”, estanos en la posición 95.

Hoy quiero esmerarme, y no sé si lo conseguiré, por ofrecer una visión más justa sobre nuestra sociedad que la que el día a día me inspira la observación de lo que sucede y que nos transmiten los medios de comunicación.

En España hay más gente preocupada que cabreada y más personas decentes que delincuentese independientemente de lo que digan los sondeos de opinión , las colas del hambre están llenas de personas dignas y las calles quemadas reúnen a encapuchados bien comidos que agreden y saquean.

La fotografía real de este país es la de las personas buenas y honradas que exigen sin violencia lo que no les da un gobierno que renueva su flota de coches oficiales y multiplica gastos colocando a los suyos, pero no encuentra dinero para exonerar de impuestos a los que estaban en paro o con los negocios cerrados.

El sentido cívico y pacífico de los que más padecen esta crisis no tiene nada que ver con la foto de gentuza que quema, rompe y roba, como expresión de una protesta reclamando la libertad de un delincuente que odia, agrede y desea la muerte de sus disidentes.

Si se pudiera contabilizar a todos los sinvergüenzas de este país resultarían una proporción insignificante frente a una mayoría abrumadora de jóvenes y mayores, mujeres y hombres que son la esperanza de que volveremos a ser una sociedad cargada de dignidad.

Me inspira mucha confianza la gente anónima que pasa inadvertida porque dedica su tiempo a sacar adelante a los suyos y tiene que madrugar al día siguiente, mientras los que duermen durante el día aprovechan la noche para arrancar adoquines, quemar comercios y luchar contra la policía, a mayor gloria de quienes, incluso desde algún escaño parlamentario, les inducen a hacerlo

Diego Armario