BUMERÁN

Imaginen, para tener una vista panorámica de la situación, que Nadia Calviño hubiese conseguido presidir el Eurogrupo. ¿Qué hubiera dicho Pedro Sánchez? Muy pocos discutirán que lo habría considerado un triunfo de su gobierno y de él personalmente, al lograr el endose de Alemania y Francia, más algunos otros hasta alcanzar el 80 por ciento de la población y potencial de la Unión Europea.

Y hubiese tenido toda la razón. Pero no ocurrió así. Nadia Calviño no consiguió el puesto pese a contar con el respaldo franco-alemán y ser, según prácticamente todos los expertos, la candidata ideal para el puesto, por mujer y por currículum. Algo que sólo puede explicarse por causas ajenas a ella y que sólo se explica

 como un voto de desconfianza hacia el presidente español y su gobierno, que viene equivocándose prácticamente en todo y lo peor es que no quiere reconocerlo. La prueba del nueve es que el elegido fue un irlandés, con mucho menos experiencia, aparte de que su país ha venido siendo uno de esos semiparaísos fiscales que ofrecen a los inversores extranjeros ventajas que si no se saltan las normas poco les falta.

La reacción en Moncloa y su coro mediática ha sido la que podía esperarse: echar la culpa a alguien que les prometió su voto y no se lo dio. Quién es no va a ser fácil de saber pues estas votaciones son secretas, aunque al final siempre terminan por saberse.

Posiblemente fue uno de esos pequeños países que leyó mejor que nosotros la atmósfera que se respira en Bruselas sobre un gobierno de coalición con los comunistas. Y que la balandronada de Sánchez de que nunca pactará con el PP, siendo el Popular el grupo mayoritario en Bruselas también influyó.

Aunque el escenario sigue siendo el mismo mismo, han aparecido en él nuevos elementos. Los países frugales, aunque más pequeños, han demostrado tener más decisión al defender sus posiciones que los grandes. Los 750.000 millones de euros para la Reconstrucción de Europa se mantienen, por ahora, pero las condiciones para obtenerlos serán más estrictas.

La Comisión Europea no controlará ya ese dinero, sino el Consejo de Europa, mucho más riguroso. Aunque el mayor cambio puede ser que las ayudas deben de ir acompañadas de reformas que garanticen el saneamiento de las economías de los países solicitantes. En nuestro caso, el sistema de pensiones, al borde de la bancarrota y la reforma laboral, alabada en Bruselas y amenazada por el gobierno español, a quien se le ha puesto bastante más difícil acceder a unos fondos que creía al alcance de la mano sin mayores condicionantes.

En una reciente Postal, advertí que creer que esos fondos iban a caer como el maná a los israelitas en el desierto era un grave error. Pronto hemos tenido la confirmación. La derrota de Calviño es, en realidad, la de Sánchez. Y, sobre todo, la de Iglesias, el gran enemigo de aquélla dentro del Gobierno.

José Maria Carrascal ( ABC )