Los virulentos ataques sin precedentes del teniente fiscal del Tribunal Supremo, Luis Navajas, a dos compañeros de sobrada solvencia profesional coinciden con la indisimulada intención de la fiscal general del Estado, Dolores Delgado, de desacreditar y doblegar a los fiscales independientes para poner la institución al servicio del Gobierno.

Navajas, número dos del Ministerio Fiscal, y autor del polémico informe que pide exculpar al Gobierno de las evidentes negligencias en la gestión de la crisis sanitaria, acusó ayer a Fidel Cadena y a Consuelo Madrigal de ser «esclavos de su ideología» y de tratar de «influenciarlo» para cambiar de criterio sobre las querellas contra miembros del Ejecutivo.

Hay que recordar que tanto Cadena como Madrigal mostraron su inquebrantable independencia durante el juicio del procés, defendiendo el delito de rebelión, en lugar del más benévolo delito de sedición, contra los golpistas catalanes. Ahí Navajas se puso de perfil.

No es casual que en esta etapa de recrudecida politización de las instituciones se quiera acallar las voces disidentes que se resisten a convertir la Fiscalía en correa de transmisión de la voluntad del Gobierno. Es bochornoso que Navajas, de acreditada trayectoria profesional, haya recurrido al insulto.

Esa incontinencia retrata su conciencia de haber secundado la pretensión de Sánchez y Delgado de imponer una sola voz en la Fiscalía.

El Mundo