Cachondeíllo fino y sorpresa al ver a Irene Montero, nuestra ministra de Igualdad y viceprimera dama, dándolo todo en el «Diez Minutos», con entrevista y posado ad hoc, componiendo una bucólica imagen a lo invitada modosa en un bautizo burgués.

En realidad lo notable habría sido verla entrevistada en «Financial Times». Si trazásemos un eje imaginario y a un lado situásemos a Merkel, Jacinda Arden y Christine Lagarde y al otro a Isa Pantoja, Belén Esteban y Terelu, nos llevaría un rato decidir en qué rango colocar a nuestra brava y extravertida ministra.

«Diez minutos» es una revista de solera, fundada en 1951. Pero en el escalafón de nuestra prensa rosa, donde «Hola!» sería la aristocracia, ocupa una esforzada clase media. Ojeo su web. El tema con que abren a todo meter lleva este titular: «Isa Pantoja habla de su boda con Asraf: “Ya tengo los preparativos y todo”».

Irene dejó en la revista un título de similar interés: «Pablo asume una parte de las tareas de casa». Es lógico que Irene no aporte consideraciones de más enjundia, porque Podemos es a la política lo que el wrestling al boxeo: un circo que llama la atención, pero que se queda en balas de fogueo.

Irene viene de una familia admirable de un pueblo de Ávila, con un padre listo y currante, que en la España de las oportunidades del Rey Juan Carlos logró pasar de mozo de cuerda a empresario de mudanzas. A su hija la educaron en colegios concertados de Madrid.

A los quince años se afilió a las Juventudes Comunistas, esa ideología tan moderna y exitosa, y luego estudió Psicología. Durante un año trabajó como dependienta en una tienda de electrodomésticos y luego anduvo zascandileando, que si un máster, que si aquella tesis que nunca acabó… hasta que encontró su opíparo modo de vida: Podemos.

Se convirtió en la jefa de gabinete del Líder y enseguida también en su novia. A partir de ahí, dando un auténtico recital de feminismo, comenzó a progresar como la espuma en el partido que dirigía con dedo de hierro su pareja. Errejón, uno de los padres fundadores, fue purgado en la portavocía parlamentaria para enchufar a la novia del jefe, más tarde madre de sus tres hijos y ministra. Disfrutamos del único Gobierno de Europa donde una pareja se sienta en el consejo de ministros. Lógico el interés de la prensa rosa.

Irene habla con vehemencia y atropelladamente para defender un feminismo de boquilla, lleno de clichés periclitados y que se contradicen con su peripecia personal (ha hecho con su vida exactamente lo contrario de lo que predica).

Su Ministerio poco más hace que molestar de vez en cuando, inmiscuyéndose en las libertades privadas de personas y empresas. La única vez que intentó escribir una ley, la de Libertad Sexual, le salió tal truño jurídico que hasta Carmen Calvo parecía a su lado Jefferson y hubo de meter pluma para corregir los desatinos pergeñados en Villa Galapagar.

Irene está bien en el papel cuché. Probablemente mejor que jugando a los ministros en un Gobierno de cartón piedra, que cuando ha llegado la hora de gobernar -el virus y el curso escolar- se ha puesto de canto, con Mi Persona lavándose las manos. Qué bromazo.

El problema es que es real.

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor