CADÁVERES BAJO LAS TABLAS

Ha pasado -al menos, parcialmente- la primera ola del coronavirus. Y no ha habido muertos en España. Ha habido sólo las cifras que los enmascaran. Con seguridad, esas cifras son mentirosas. Pero no es lo más grave, esa mentira. No es lo más grave -por grave que sea- que los más de cuarenta mil hayan sido falseados en menos de treinta.

Lo de verdad grave es que, verdaderas o falsas, han sido sólo cifras: abstracciones aritméticas que ninguna emoción ni afecto mueven. Los muertos han sido escamoteados con limpieza de virtuoso carterista, distraídos al ojo y a la conmoción ciudadanos.

Ni fotos, ni ataúdes, ni narración biográfica individual: no son personas, son números. Ni luto oficial durante los largos meses de la tragedia. Ni siquiera presencia del presidente y su gobierno en el funeral por los muertos, porque eso sería dar a entender que los muertos existieron.

Y no, no ha habido muertos; sólo cifras. Y esa elusión, ese robo anímico, dice más de nuestro presente que todos los discursos mentirosos de Simón, Iglesias, Sánchez…, de todas las imperdonablemente indignas autoridades empeñadas en borrar la sombra sobre su conciencia y sus escaños de esos evitables cadáveres. Porque esa elusión nos dice que vivimos en un mundo desalmado: sin remedio, pervertido hasta la médula.

Tiempo en que los poderes no tienen el menor remordimiento en camuflar cadáveres debajo de las tablas del escenario, para mantenerse a flote y evitar las salpicaduras del fango que trajeron sus errores. Tiempo -y es históricamente lo más trágico- en que los ciudadanos aceptan, impávidos como siervos, que la muerte de cuarenta mil de los suyos a manos, en muy buena parte, de una administración incompetente sea muy poco más que un imprevisible aguacero de verano.

No ha habido muertos: sólo cifras. Y, en ausencia de lo único verdaderamente serio, la muerte, la gente ignora la gravedad del envite. Que es su vida: la de cada uno de los que se arraciman, sin mascarilla ni distancia en las terrazas de moda. ¿Estamos locos? No.

Hemos sido engañados por una administración que nos condujo al matadero, ocultando las sucias salpicaduras de la sangre con el vivo colorín de televisores vilmente manipulados. Esas pulcras pantallas en las cuales no existió ni un cadáver.

Y claro que habrá quienes nos prediquen la conveniencia de ocultar los cadáveres bajo las tablas, quienes exalten la virtud lenitiva de la desdramatización. ¡La «desdramatización»…!, dicen Pero ¿se puede acaso desdramatizar un drama?

Los cadáveres chirrían bajo las tablas.

Gabriel Albiac ( ABC )