CADÁVERES POLÍTICOS

Ahora  que ha pasado todo para que no suceda nada. Ahora que hemos vuelto a vivir peligrosamente. Ahora que vamos a fijar en el calendario la fecha anual de las elecciones generales. Ahora que se va a institucionalizar el gobierno en funciones como figura política permanente.

Ahora que los extremos se tocan y cualquier día hacen un guateque en los escaños del parlamento la escoria, la chusma, la histeria y la inconsciencia. Ahora que hasta se nos casa Sabina. Ahora que blasfemar ya no es ni siquiera pecado,  yo espero volver a escribir sobre literatura y regresar a mis ensoñaciones recordando un pasado soberbio del que jamás me podría quejar.

Pero como cualquier vate que se precie debo escribir un epitafio con más templanza que tristeza en el funeral de una clase política que como decía el desenterrado Franco “cautiva y desarmada ha alcanzado sus últimos objetivos”.

Les he perdido el respeto porque de la misma forma que jamás se me ocurriría consumir un producto que su envase me indique que ha superado su fecha de caducidad, tampoco quiero otorgarles ningún margen de confianza a personajes que ha envejecido en pocos meses sin haber alcanzado la madurez.

Yo sí creo en esta sociedad pero no aguanto a los profesionales del mamoneo político que a estas horas han reservado mesa para comer en un buen restaurant o están planificando su próximo viaje en Falcon o en primera clase de Iberia.  Quiero evitar el ejemplo fácil que a ellos nunca se les cae de la boca cuando hablan de lo mal que lo están pasando los parados o los jubilados con pensiones de miseria. A nuestros políticos se la bufa, pero a mí no.

Después de haber vuelto a recorrer un camino para el que no se necesitaban esas alforjas es posible que estén decididos a andar una vez más la misma vereda,  y mientras no dimitan los responsables de este desatino vomitaré sobre ellos, aunque sea en sueños o me inspiraré en sus miserias para escribir nuevas historias.

Hace unos días recordé en un encuentro entre escritores que yo he alimentado mis fantasías  literarias bebiendo hasta la última gota de los charcos en los que me he metido a lo largo de mi vida, porque hay oficios que te regalan ocasiones  que no se compran ni siquiera teniendo dinero.

De vez en cuando regresan a mi memoria la oscuridad temeraria  de los bares de Abiyán; las calles sin asfalto de Malabo durante una revolución de alcohol y drogas de los militares de gatillo fácil; el caos nocturno de Abuya en un barrio sin retorno; un paseo irresponsable por la noche de Bogotá, o las escapadas inconscientes por algún lugar de La Habana o Santo Domingo.

En cualquiera de esas situaciones sólo me arriesgué yo  y,  de haberme salido mal la ocurrencia o el desahogo,  en el pecado habría llevado mi penitencia, pero estos personajes de trajes de mil euros, camisas de doscientos, zapatos de algo más, coche oficial, escolta, amante y familiares colocados con sueldos que paga el contribuyente, merecen ir al pudridero de los cadáveres políticos.

Diego Armario