Hoy voy a escribir una historia triste que por ahora es ficción y que ojalá nunca llegue a ser verdadera, pero cada vez que observo la naturalidad con la que algunos políticos están hundiendo elementos fundamentales de nuestra historia, nuestra cultura, nuestro prestigio internacional y nuestra convivencia, la rabia y la tristeza asaltan mis pensamientos, aunque nunca la resignación, porque los mediocres más indecentes que jamás han gobernado este país en democracia no pueden ser más fuertes que nosotros.

Poco a poco van consiguiendo el despertar de las mujeres y los hombres que están siendo víctimas de una estafa global porque están jugando al toco mocho con los ciudadanos desde el Parlamento, apoyados por una mayoría de ex convictos, o desde el Palacio de la Moncloa estafando a los ciudadanos que se dejan engañar.

Cualquier día Pedro Sánchez volverá a publicar una tesis doctoral, que le escribirá otro, en la que podrá explicar cómo se trafica con la libertad de un pueblo compartiendo escaños en el banco azul entre mentirosos aseados y liberticidas que no se cambian de muda porque ésa es la seña de identidad con la que expresan su desprecio por todo lo que es decente.

No están dejando nada en este país sin salpicarlo de la mierda en la que se revuelcan: ni el idioma, ni la cultura, ni la educación, ni la pequeña y mediana economía de las empresas, ni la formación de los jóvenes que por ley pasaran de curso con todas las asignaturas suspensas, ni las libertades cada vez más vigiladas y ni siquiera las mascarillas que más protegen y a las que no les han aplicado la rebaja anunciada.

Contra esta carrera por conseguir convertir a España en un país homologable a Venezuela, Bolivia o Marruecos han alzado la voz intelectuales y pensadores de las dos orillas ideológicas de nuestro país porque solo los indigentes mentales y morales que nos gobiernan no son sensibles a ese riesgo.

Ojalá que no, pero si seguimos así, habrá un día en el que España será un país que existirá en solo en los libros de historia, y quienes la destruyeron tendrán un lugar de honor en el basurero de los traidores.

Para entonces no estaremos aquí los que tuvimos el privilegio de vivir los mejores momentos del resurgir y desarrollo de España, esa generación de ciudadanos a la que desprecia gente menor como la mamporrera parlamentaria de Pedro Sánchez, pero sí estarán ellos, arrugados, envejecidos, amargados y sin nadie que les respete porque acabarán siendo inmigrantes de segunda categoría que intentarán un permiso de residencia en los países que hayan respetado su historia y a sus mayores.

Aunque la Biblia no lo diga, Caín era español.

Diego Armario