Cuando se preguntaba a don Juan Carlos cuál era su objetivo al heredar los poderes omnímodos de Franco, su respuesta no podía ser más simple: «Cambio, no ruptura». La Transición, tan alabada entonces, tan cuestionada ahora, era eso: cambiar el régimen sin romper España.

Pues había un importante número de españoles, con mucho poder y fuerza, desde el Ejército a la presidencia del Gobierno, deseosos de que todo siguiera igual, con retoques más bien cosméticos, mientras había también quienes querían hacer tabula rasa y partiendo de cero, empalmar con la II República.

Que la mayoría de los españoles no fueran monárquicos lo sabía don Juan Carlos por sus contactos con condiscípulos y haber escuchado la dialéctica del régimen, para quien la Monarquía había «gloriosamente fenecido», según el propio José Antonio Primo de Rivera, el gran «ausente».

Ambas derivas llevaban al choque frontal, algo que no quería la inmensa mayoría. Habíamos pasado los 1.000 dólares de renta por cápita, surgía por primera vez una clase media y la aspiración era un piso, un SEAT 600, el hijo en la universidad, unas vacaciones en la playa y elegir a quien quisiera.

Ganas de choque sólo la había entre quienes esperaban ganar en ambos bandos, los vencedores del 39, para reafirmar su victoria. Los perdedores, para tomarse la revancha. Juan Carlos I les ofreció un compromiso: una Monarquía parlamentaria a la que regresasen los exilados y donde se quedaran los franquistas. Aceptaron encantados.

Pero cuatro décadas después, estamos en las mismas. La Transición ha sufrido tal desgaste, debido a defectos de fábrica y errores de uso, que el descontento es general.

Mientras los grandes partidos han perdido casi todo su prestigio por casos de corrupción, los nacionalistas han multiplicado sus demandas hasta el punto de intentar un golpe de Estado en Cataluña y los pequeños venden a peso de oro sus escaños.

Incluso la Casa Real se ha visto sacudida por la abdicación de Don Juan Carlos por conductas impropias, aprovechadas por los enemigos de la Monarquía para disparar contra su sucesor. Únanle una pandemia que ha puesto a España a la cabeza europea de los contagios y una crisis económica que puede llevarse el 18% por ciento del PIB, y tendrán un cuadro de UCI para el país.

Los fondos prometidos por Bruselas es lo único que puede salvarnos, pero hay que presentar planes y presupuestos que avalen la inversión, algo que en el desastroso estado en que se encuentra el país y sus gentes no está ni mucho menos garantizado.

Cuando uno tiene que escribir sobre lo lejos que hemos dejado llegar las cosas en el terreno económico, sanitario, social y político, siente tanta tristeza como humillación. Hasta ayer como quien dice, estábamos en la cima, con millones de turistas, un régimen sólido y un país tranquilo.

Ha bastado que cayese en manos de una panda de lenguaraces tan ignorantes como atrevidos, para que estemos de nuevo colgados del abismo.

¿Qué hemos hecho para merecer esto? Pues muy sencillo, votarles.

José María Carrascal ( ABC )