CAMINITO DE CARACAS

Neutralizada la labor de control al Gobierno al mudar a los martes la reunión del Consejo de Ministros (porque así lo quiso Iván), lo siguiente era atar bien la presidencia de las comisiones de la Cámara, que además de un lustroso plus en la nómina a los finalmente agraciados supone controlar tiempos y formas en los trabajos legislativos que allí se cuecen.

Y dicho y hecho, de las 34 comisiones parlamentarias, 25 quedan en manos de los partidos que auparon a Sánchez a La Moncloa: el suyo, lógicamente; el de su mano izquierda, Iglesias; ERC, socio preferente dedicado en cuerpo y alma a romper la unidad de España y el PNV, claro, acostumbrado a sacar tajada de poder, prebendas o

lo que surja con la vieja técnica del «cucharón y paso atrás». Naturalmente, todas las comisiones «pata negra» quedan en manos de los socialistas, que además han aprovechado para colocar allí a algunos altos cargos que se han quedado fuera de la estructura del nuevo Gobierno pues ni con ese cerro de ministros, secretarios de Estado, subsecretarios, directores generales y asesores hubo manera de colocarlos a todos.

Justicia, Interior, Constitucional, Política Territorial, Reglamento, Educación, Pacto de Toledo… aquellas comisiones desde las que la dupla social-comunista pretende «desmontar el sistema», para dar satisfacción a los otros socios, son presididas por los socialistas. Todo ello con solo 120 diputados.

Maniatadas las Cortes, tanto en su función de control al Gobierno como en la legislativa, todo debe ser más sencillo para el «gabinete de los milagros», que ayer estuvo a punto de convertir en una buena noticia el malísimo dato del paro de enero. Sin rubor alguno, con ese desahogo de quien se cree el amo.

Si a esto unimos el control exhaustivo de la televisión pública o del CIS (que ya no es del Estado sino de un señor que se llama Tezanos), la «legislatura del diálogo» se convierte en un trágala infame. También ayer el nuevo rodillo rechazó la posibilidad de abrir ya una comisión que investigue las mil y una mentiras (casi más que ministerios tiene el Gobierno) de Ábalos en el bochornoso episodio del «Delcygate», que más que un escándalo es un monumento al embuste.

¿Qué les queda por tomar entonces? La calle, claro. Y de eso ya se ocupó el simpático vecino de Galapagar, vicepresidente especializado en lanzar Alertas Antifascistas cuando se aburre, que el pasado fin de semana convocó irresponsablemente «al pueblo» a combatir en la calle a los partidos de la oposición, como hace el chavismo en Venezuela. Se trata de construir un régimen, ni más ni menos.

Caminito de Caracas marcha la España del sanchismo.

Álvaro Martínez ( ABC )