Estaban tardando. Primero buscaron deslegitimar la protesta de un sector del transporte de mercancías metiendo con calzador unas declaraciones que, según El Plural, defenderían a Rusia (y otra cosa no, pero últimamente todo el que no ponga una bandera ucraniana en su avatar ni llame dictador y genocida a Vladimir Putin es directamente cómplice de las víctimas provocadas por las bombas rusas).

También hay quien ha presentado las protestas en España con una irracional obsesión de la extrema derecha por dificultar «una salida óptima de la crisis sanitaria«, vinculándolo con las protestas de los camioneros canadienses contra las restricciones sanitarias (para ello, si hay que ilustrar el artículo con una esvástica se hace, no vaya a ser que a los lectores no les quede lo bastante claro que estamos ante gente extremadamente malvada y peligrosa).

El discurso ya ha pasado de la prensa al Gobierno y hemos podido escuchar a la ministra Raquel Sánchez señalando a «un grupo de ultras que están intentando someter a este país a un chantaje y sustituyendo la palabra por palos, clavos y piedras».

En el imaginario colectivo de la izquierda no escatiman en elogios a los huelguistas enfrentándose a las fuerzas policiales con palos, piedras y armas de fuego de ser necesario, gracias a los cuales disfrutaríamos hoy de un Estado del Bienestar que siempre habría rechazado la derecha y con el que ésta pretendería acabar por su obsesión de aumentar la diferencia entre ricos y pobres.

Pero cuando la izquierda está en el poder y los currantes no obedecen sus consignas, entonces la clase obrera se convierte en populacho y en ultras violentos, en deplorables según Hillary Clinton o en tabernarios según José Félix Tezanos.

Ya vimos el año pasado lo mal que les sentó ver a los madrileños volcándose con Isabel Díaz Ayuso, pero ahora no estamos con una convocatoria electoral donde los deplorables de turno respaldan a un icono de la derecha moralmente más progre y que lo único que puede ofrecer es presumir de gestión económica; además, la izquierda podrá detestar cuanto quiera a Ayuso pero sabe que, en el fondo, forman parte del mismo negociado.

Estos transportistas actúan al margen de las grandes patronales cuyo silencio ante la crisis presente y en ciernes ha sido comprado por el Gobierno sanchista y que, entre otros aspectos, pueden seguir soportando el alza del precio de los combustibles, cosa que no es posible para muchos trabajadores autónomos y pequeñas empresas del sector.

Por eso la imagen de un policía de paisano al que se le dispara el arma en un forcejeo con un manifestante no escandaliza a la izquierda, ni siquiera a la podemita: ahora son ellos quienes están en el Gobierno de España y, además, los manifestantes no son de los suyos; eso sí, el día que tengamos al Partido Popular (tal vez con Vox en el Gobierno) ya se encargarían Pedro Sánchez y Yolanda Díaz de exigir responsabilidades por todo lo acaecido, o directamente llamando a prender fuego en las calles.

Esperemos, eso sí, que ese día los manifestantes recuerden cómo ha tratado el Gobierno de coalición progre a los agricultores, transportistas y trabajadores de la industria del metal cuando han protestado en defensa de sus derechos: enviando a las fuerzas policiales a propinar golpes con la porra.

Los problemas de abastecimiento pueden suponer un grave contratiempo a corto plazo, sin duda. Pero pensadlo un momento: quién merece más confianza por parte de los españoles, ¿los transportistas que protestan por una subida de combustible que amenaza sus puestos de trabajo o un presidente de Gobierno que ha tenido la poca vergüenza de declarar en el Congreso que el único motivo por el que sube la luz es por culpa de Vladimir Putin?

Como si la luz no llevara tiempo subiendo desde la última reforma que efectuaron; sí, aquella en que nos aconsejaron planchar de madrugada o el fin de semana para ahorrar dinero en la factura a fin de mes.

Yo lo tengo muy claro: los transportistas merecen todo nuestro apoyo y cómo pretende criminalizarles este Gobierno es la mejor prueba.

Gabriel García ( El Correo de España )