Giovanna Iannantuoni indulta a Dostoyevski. Iannantuoni dirige la Universidad Milano-Bicocca, que había cancelado a Dostoyevski, no por su sueño de Dresde, que asusta un poco, sino ‘por ruso y por Ucrania, yatusabes’, que es como si Roma hubiera cancelado el Cervantes porque Aznar democratizó Iraq fumándose un puro con los pies en la mesa de Bush, o como si Madrid cancelara a Dante porque Mussolini cantó ‘Facceta Nera’ en Abisinia.

¿El Dante cuya justificación es el terceto o el terceto cuya justificación es el Dante?

Esta cultura de la cancelación no es de raíz americana, sino europea: el continente se pasó los siglos cancelando a los judíos por deicidas, pues ‘mataron a Nuestro Señor’. Pero somos gente de comercio, no de guerra, como se ve en la ‘defensa’ que le prestamos a la Ucrania invadida por un país hecho al despotismo, aunque tampoco mucho más que los nuestros: los rusos, observó Custine, han refinado el miedo; le prestan la máscara del amor.

Lo de Ucrania con el Mundo Libre sería como si fueras vecino de Tyson que un día se amosca porque pones la música más alta y baja a tu casa para darte una paliza; tú alertas a los vecinos, que llaman a la Policía y la Policía te da unos guantes de dieciséis onzas para que te defiendas, mientras los vecinos te animan desde el rellano de la escalera, y los más líricos, que suelen ser los más tontos, improvisan epinicios de Píndaro a Hagesídamo y odas de Machado a Líster que emocionan a toda la comunidad; y tú en el suelo, esperando a que algún voluntario entre a quitarte de encima al Iron Man, que desde luego no es el de los ochenta, pero que conserva un uno-dos de categoría; los comerciales de las compañías de seguridad acuden al jaleo de la escalera; cuando el agresor, ahíto, se vaya, todos los vecinos habrán adquirido su aparato de alarma anti-Tyson para poder leer tranquilos en casa ‘Los demonios’ de Dostoyevski, cuyo problema, dice Arendt, no es si Dios existe; es si se puede vivir sin creer en Dios.

Ignacio Camacho ( ABC )