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Buenos días:  La tristeza de Portugal hace feliz a Eurovisión

El país luso hace historia con Salvador Sobral, que gana por primera vez el certamen frente a el ridículo de España con Manel Navarro.

Se lo merecía. Me importa un bledo que se opine que podía ser una nana o tener los mismos efectos que un trankimazín. ¿Qué era triste? Sí, ¿y? Portugal y Salvador Sobral arriesgaron, fueron auténticos, respetaron su identidad y su tradición musical, cantaron en su idioma y Sobral tiene una sensibilidad exquisita. «Amar pelos dois» es un temazo que dignifica Eurovisión, con una austera puesta en escena alejada de cualquier golpe de efecto. O sí, porque no es frecuente en este certamen ver a un cantante solo sin más arma que su voz y una expresividad inédita porque más que cantar, Sobral interpretó su canción.

Su físico no es agraciado pero sus gestos y el movimiento minimalista de su cuerpo son una gracia entendida como un don. ¿Que no es una canción para Eurovisión? Efectivamente, de ahí el valor que tiene este triunfo. Y que no digan que le votaron por tener el corazón maltrecho. No es un triunfo por compasión, es por derecho y al natural. Sin artificios. El país luso y Portugal fueron los más valientes y eso fue lo que se premió: el descaro de un país al que Europa ve como acomplejado. Pues va a ser que no.

Sobre España… 5 puntos, puede ser un sobresaliente pero es un muy deficiente porque quedamos en la última posición. ¿Se esperaba algo distinto? No hay descalificativos suficientes en el diccionario para definir la actuación. Lo de Manel Navarro no fue un gallo, era lo más parecido al alarido de un cerdo cuando lo están matando. En ese momento, los esfínteres de sus compatriotas se tuvieron que contraer para contener la vejiga.

El tema es vacuo, está interpretado por un cantante desdibujado y con una puesta en escena lamentable. De vergüenza propia, si hay un poquito de autocrítica y ajena ante lo que sus compatriotas veían. No se sabe que era peor si lo que se estaba viendo o lo que se oía. Como dice el refrán: «Si hay que ir, se va, pero ir ‘‘pa na’’ es tontería». Pues eso fue lo que ocurrió. Tendría que venir desde Kiev, caminando no, de rodillas, con un fardo de lecciones de canto en cada mano.

Decepción para una dignísima Italia (a pesar del simio, una ocurrencia que no venía a cuento), y Francisco Gabbani ya han exportado la canción del verano. El transalpino salió a por todas. En la mejor tradición de sus antecesores como Adriano Celentano, que, a pesar de que daba la impresión de que estaba de broma, se lo tomaba muy en serio. El tema es pegadizo y tiene fuerza. Y atención a la coreografía, ideal para desmadrarse en la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) y en esas noches del estío en los que la vergüenza solo se atisba al mediodía junto al dolor de cabeza de la resaca.

Suecia, como siempre, en su línea. Sacó su músculo ganador con Robin Bengtsson, que en el caso de que no triunfe en la canción se puede subir a una pasarela y ejercer de modelo, elijan ustedes en qué categoría. Con una puesta en escena elegante y más sobria de lo que acostumbran, no faltó ni sobró nada. Como mucho un pelín de sosería, que era aliviada con la sonrisa del artista.

El momento más delirante y «kitch» tuvo dueño: Rumania e Ilinca & Alex Florea, los «Heidi y Pedro» de esta edición. En el país de Drácula, salieron estos muchachos con una canción tirolesa que puso los pelos como escarpias. Fue uno de esos momentos en los que por fin saltan las carcajadas. Absolutamente delirante. ¿Del resto de las canciones? Únicamente se puede decir que cuando lean esto ya se habrán olvidado de la mayoría.

Cecilia García ( La Razón )

 

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