Las generaciones venideras se asomarán con horror a esta época, perplejas ante la apoteosis de un régimen político nefasto que logró arruinar las energías vitales de todo un pueblo, hasta extenuarlas por completo, por el procedimiento de alimentar pasiones antagónicas y sectarias.

La crisis desatada por la plaga coronavírica está sirviendo para mostrar el cáncer de la partitocracia en todo su esplendor maligno, pero nadie parece querer darse cuenta. La gente ya sólo vive para alimentar sus pasiones antagónicas y sectarias, que -como escribía Simone Weil- «chocan entre sí con un ruido verdaderamente infernal que hace imposible que se oiga, ni por un segundo, la voz de la justicia y de la verdad».

Así se ha moldeado esta generación maldita, dividida en jaurías que se revuelven contra el adversario ideológico, según los antagonismos paulovianos que las oligarquías partitocráticas suscitan en ellas, desentendida de la justicia y de la verdad.

Este veneno partitocrático está alcanzando expresiones paroxísticas durante la crisis desatada (o más bien desvelada) por el coronavirus, con epicentro en Madrid.

Desde que la frágil alianza de las derechas lograra hacerse con el mando de la Comunidad de Madrid en las últimas elecciones autonómicas, las izquierdas no han cesado en su acoso, rabiosas de perder una tajada suculenta y dispuestas a cualquier vileza para arrebatarla, sin ningún tipo de contención ni límite moral; y la frágil alianza de las derechas, lejos de entender que sólo podían hacer frente a esta ofensiva con un esfuerzo generoso de prudencia y abnegación política que desactivase y delatase las estrategias de esa izquierda cainita, ha dejado que la plaga recobrase fuerza, ocupada en sus patéticas querellas intestinas.

Ya durante la vigencia del estado de alarma, el negociado de izquierdas, que entonces acaparaba todas las competencias de la forma más incompetente y criminal, se las arregló para azuzar a sus jaurías contra la Comunidad de Madrid.

¿Nadie comprendió entonces, entre las lumbreras del negociado de derechas, que ese azuzamiento sería todavía más infame en cuanto las competencias retornasen a las autonomías? ¿Nadie se percató entonces de que era necesario extremar las precauciones, para frenar la expansión de la plaga?

Los tipos que exhortaron a participar en manifestaciones sistémicas cuando la plaga ya causaba estragos, los tipos que han condenado a la ruina a miles de empresas y sacrificado millones de puestos de trabajo han comprobado que pueden perpetrar todos estos desmanes porque cuentan con masas alimentadas por pasiones sectarias que sólo reclaman un enemigo del negociado adverso contra el que poder vomitar su frustración.

Estaba cantado que el negociado de izquierdas, en su obsesión por arrebatar la Comunidad de Madrid, recurriría a las artimañas más arteras. Estaba cantado que quienes se inventaron un comité de científicos que nunca existió para justificar sus arbitrariedades iban a emplear la psicosis sanitaria para infligir mayor ruina a la Comunidad de Madrid, tan pronto como los contagios se disparasen.

Y contra gentes sin contención ni límite moral alguno, dispuestas a utilizar cualquier artimaña para arrebatar la Comunidad de Madrid, sólo se podía combatir extremando el celo en el control de la plaga, para que el negociado de izquierdas no pudiera obtener de ella un carroñero rédito político.

Ahora lo obtendrá en cualquier caso: pues si la plaga empeora, podrá achacarlo cínicamente a que la Comunidad de Madrid se resistió a «escuchar la voz de la ciencia»; y si la plaga mejora, lo atribuirá a sus restricciones salvadoras.

Juan Manuel de Prada ( ABC )