CARTA DE AJUSTE

El profesor Pablo Iglesias se enfadaba mucho con esa izquierda paleolítica que andaba negociando la Consejería de Turismo cuando por lo que debía pelear era por un telediario en Canal Sur. Su vida ha cambiado mucho desde que abroncaba en conferencias al comunista andaluz Diego Valderas, pero algo permanece, un único convencimiento firme sobre el que se erige toda su política: la hegemonía se conquista en la televisión. No en las redes o en los periódicos, no por supuesto en el Parlamento, sino en ese fascinante vehículo de masas que, a pesar de los agoreros y el millenialismo, sigue siendo el gran conformador de las conciencias. “A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado”, escribía Ernst Jünger en La Emboscadura durante la prehistoria del medio.

Cabellos erizados para erizar el cabello, la televisión suministra el combustible de Podemos, que es la emoción, y por eso Pablo Iglesias no se va a dejar un pelo de la coleta en peleas sobre políticas sociales, sanidad o defensa. Quién quiere redactar leyes pudiendo ordenar escaletas. Su reino es de otro mundo, el catódico, donde nació, creció y se desarrolló. Un mundo de frenesí que afecta dramáticamente al mundo real: a él le ha permitido escalar en tiempo récord de un pisito en Vallecas a un chalé en La Navata.

La primera vez que escuché teorizar a alguien sobre la posibilidad de una moción de censura que descabalgase a Rajoy fue hace ahora un año y ya se decía entonces que, entre otras circunstancias, había un hilo invisible que hacía que el Gobierno de la nación dependiera del calendario de la renovación de Televisión Española. Porque TVE es el ministerio que Pablo Iglesias ansiaba para Podemos y no, claro, para plantar allí a un tecnócrata ni a un gestor, de ahí que en la terna sólo hubiera expertos en mensajes y no en cuentas.

Ni siquiera ofreció la débil coartada de la experiencia de José Antonio Sánchez, que el ex presidente de la corporación se apresuró a desmontar cuando se golpeó el pecho y se declaró orgulloso votante del Partido Popular. Pablo no quiere deponer a José Antonio Sánchez, quiere a su propio José Antonio Sánchez y ese es el precio que asumió el otro Sánchez, Pedro, para llegar a La Moncloa. Si la operación fracasó fue porque requería de un prodigio final: tenía que ser Pablo Iglesias quien se lo anunciara al propuesto, por eso de la deuda moral, y él lo hizo con la falta de pudor que le caracteriza. La de quien se cree la neutralidad misma.

Rafa LaTorre (El Mundo )

viñeta de Linda Galmor