CASADO VAPULEA A SÁNCHEZ

La Transición significó el acuerdo de Estado entre el centro derecha y el centro izquierda para decidir, de forma conjunta, sobre las grandes cuestiones nacionales: terrorismo, territorialidad, alta política internacional, defensa… En el siglo XIX, Cánovas y Sagasta concordaron casi lo mismo en una España convulsa, con un Rey bebé, el acoso militar carlista y la insurrección en los últimos territorios de ultramar.

Felipe González, que se encaramó en Moncloa con 202 diputados y pudo forzar la ruptura y la reforma constitucional a su antojo, respetó el espíritu de la Transición y se convirtió en el gran hombre de Estado de la España del siglo XX. Todos los presidentes de la nueva democracia mantuvieron el acuerdo en la altura hasta la llegada de Rodríguez Zapatero, que intentó instalar en el zaquizamí de la Historia al centro derecha representado por el Partido Popular. Los lodos que hoy enmerdan la vida española provienen en gran parte de aquellos polvos disparatados.

Lo que conviene a la estabilidad de España es la concordancia en lo sustancial entre Pablo Casado y Pedro Sánchez. A pesar del esfuerzo de algunos por alcanzar una segunda Transición, cada vez estamos más lejos. El líder del centro derecha exige que se aplique en Cataluña el artículo 155 de la Constitución; el de centro izquierda se niega porque su frágil mayoría parlamentaria depende de los escaños del secesionismo catalán.

«Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España…», se lee en el 155, el Gobierno, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá obligar, para la protección del interés general, al cumplimiento forzoso de las obligaciones vulneradas.

Casado tiene razón. Está claro que se dan todas las circunstancias en Cataluña para que el Gobierno aplique, y de forma rotunda, el artículo 155. Por eso el líder del PP vapulea en las sesiones parlamentarias a un Pedro Sánchez, aturdido y contrito, que no quiere reconocer la verdad: su deseo irrefrenable de permanecer en el poder, aunque el plato de escaños del secesionismo catalán le cueste pagar la factura, históricamente atroz, de la quiebra territorial de España.

Luis María Anson ( El Mundo )

Viñeta de Linda Galmor