a) En cuatro años, Suárez llevó al país  a una profunda crisis, con una  escalada del terrorismo (más de 100 muertos en 1980, numerosos heridos y graves estragos),  desempleo galopante, inquietud laboral, insolencia separatista, sistemática denigración de  la idea de España (la palabra misma se había convertido en tabú en los grandes medios y partidos, sustituida por  “Estado español” o “este país”).

Sin contar fenómenos concomitantes como la expansión de la droga, en particular la heroína, causa de estragos y muertes entre la juventud. Si la situación no se había tornado explosiva se debió al predominio de un talante social de reconciliación y moderación política, heredado del franquismo –no de la transición como se ha dicho–. En tal panorama, el  PSOE podía presentarse como la solución, invocando sus imaginarios cien años de “honradez y firmeza”.

b) También llevó Suárez a una crisis terminal a su partido, la UCD,  tanto por su ineptitud ante los problemas del país como por su manía “izquierdista”  de fondo “antifranquista”, por distanciarse de la derecha de Fraga. Otros “barones” veían venir el desastre y trataban de aunar fuerzas con Fraga contra el auge del PSOE y los separatistas.  Y  25 días antes del golpe de 23-f, Suárez dimitía para evitar,  en sus palabras  “que el sistema democrático de convivencia  sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”.

Aparte de su ignorancia manifiesta  de dicha historia, la explicación es una confesión involuntaria: él era precisamente el grave obstáculo a la continuidad democrática. De otro modo tenía que haberla defendido frente a  “ataque irracional y sistemático” que achacaba a sus  rivales. En La transición de cristal he expuesto tales “detalles”, invisibles en la mayoría de las historias de la transición.

c) Fue la gravedad de la herencia de Suárez lo que motivó el intento político de sustituirla mediante un “golpe de timón” (Tarradellas) que diera lugar a un amplio gobierno de concentración capaz de afrontar la crisis del país. Resultó en el golpe chapucero  el 23-f, que estuvo cerca de empeorarlo todo, y salvado finalmente a base de mentiras.

Algo relativamente positivo en él fue que los separatistas cobraran cierto temor saludable al ejército y amainase un tanto su continua provocación, por un tiempo. Y  el recurso a policías expertos  procedentes del franquismo permitió disminuir  sensiblemente los atentados, aunque  continuarían, gracias a la “salida política” con que se quería tratar a la ETA, hasta el último periodo de Aznar. Lo he tratado en Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra civil, el franquismo y la democracia

d) Pero el frustrado golpe originó un cambio de mayor transcendencia histórica: el sucesor de Suárez, Leopoldo Calvo-Sotelo, definió un nuevo concepto de “democratización” mediante la satelización del país, metiendo a España en la OTAN y prometiendo abrir la verja de Gibraltar.

Ambas cosas, nunca analizadas en su decisivo significado,  las consolidaría el PSOE. Parece que la casta política decidió que democracia e independencia de España eran incompatibles, y se arrogó el  papel de agente de intereses extranjeros.

Más allá de los análisis generales surge la cuestión del ínfimo nivel cultural, intelectual y político de los dirigentes españoles. Torcuato Fernández Miranda orientó los primeros pasos de  la transición, apoyada en la legitimidad y los impresionantes logros del franquismo, que pronto comenzaron a dilapidar Suárez y Juan Carlos (dos personajes muy parecidos en su frivolidad e incultura).

Todos los jefes de gobierno desde entonces han sido por un estilo: Azaña los llamaría “botarates y loquinarios”, que han llevado al país a la crítica situación actual de democracia fallida, casi de estado fallido. ¿De dónde sale esa gente? Parece que de la universidad, que visiblemente está a su nivel.

He aquí un problema de difícil  y no rápida solución.

Pío Moa ( El Correo de España )