CASTRAR LA REALIDAD

Nos invaden los idiotas. Lo decía Umberto Eco y la realidad cotidiana abunda en su razón. Vivimos una situación de emergencia de la que solamente somos conscientes los que algún día conocimos la dictadura y siendo muy jóvenes  saciamos nuestra hambre de libertad.  La vida nos ayudó a hacer un master en realidades y desde el primer momento supimos discernir la verdad de la mentira aunque nos inundara la propaganda.

 Goebbels se había suicidado y aunque  nuestro dictador duró  treinta años más que el alemán y murió en la cama,  cuando recuperamos la libertad  supimos cuál era su valor y lo protegimos.

Veníamos del gris marengo, de los pelos largos con raya al lado, de las chaquetas y las corbatas los estudiantes,  y los obreros, el día que libraban, de los sustos y las carreras, de  la clandestinidad del sexo prohibido y el ansia por conocer la verdad que nos ocultaban dentro pero que nos llegaba de fuera.

Ahora asistimos a una nueva era de prohibiciones por nuestro bien,  porque los neófitos de la política carecen de memoria y sus cabezas están más llenas de consignas que no han asimilado que de lectura de libros de filosofía, una ciencia que todos desprecian por antigua.

Quieren protegernos de nosotros mismos aunque en el fondo solo pretenden elegir el momento y la forma en la que moriremos habiendo pagado hasta el último centavo de nuestros impuestos,  que ellos se encargan de gastar en subvenciones para amigos o en casas y yates para el nuevo poliburó.

Nos quieren prohibir por ley el tabaco, el alcohol, el sexo, la crítica y la disidencia y a pesar de ellos elegimos cada cuatro años a unos policías de nuestras costumbres que se ponen de acuerdo para proteger su casta común y joder por igual a los estúpidos que les regalan su voto y a quienes se lo negamos.

Han creado a unos zombis que salen a la calle a pedir la castración de los hombres pero adoran a quienes les roban el intelecto. Triunfa  con naturalidad el acoso y la persecución al libre pensamiento. En el cine ya no se echan polvos y en la literatura el sexo ha regresado a la clandestinidad porque algunos autores han sustituido el relato explícito de la pasión  por la metáfora incompleta y la voz cursi.

Es probable que algunos lleguen demasiado tarde a esta cita necesaria con la realidad pero yo me sigo resistiendo y ayudo a quienes son más jóvenes que yo a que hagan su propia revolución en el páramo de la estupidez organizada que nos rodea.

Creo que  esa labor pedagógica y ejemplar es algo que nos corresponde a quienes pertenecemos a la generación del final de la dictadura y comienzos del postfranquismo porque somos los náufragos que supimos llegar a la playa de la libertad dando brazadas y a puro huevo.

Diego Armario