CATALUÑA: LA HUIDA

Todo el mundo huye de Cataluña. Empezaron sus grandes empresas y de las miles que lo hicieron, sólo una ha vuelto. Como quienes votan con los pies marchándose de sus países. Es la mejor prueba del rotundo fracaso del procés. Ahora empiezan a hacerlo sus mejores amigos, sus compañeros de viaje: los nacionalistas vascos.

Si Urkullu ha adelantado sus elecciones autonómicas al 5 de abril es por temer que, en una de sus ventoleras, Torra se decida a adelantar también las suyas y les contamine, haciéndole perder la minoría con que gobierna. Visto lo cual, Feijóo ha hecho lo mismo en Galicia. A tal punto llega el pánico sembrado por los que venían siendo considerados sensatos e industriosos catalanes: a empobrecer su país y a generar animadversión entre los que eran sus admiradores y mejores clientes.

Todo lo que avanzó Cataluña en los últimos dos siglos lo están perdiendo los Torra, Puigdemont, Junqueras, Mas, Pujol y compañía. Y ganado las comunidades limítrofes con Cataluña, aunque la que más, Madrid, que se lleva la parte de león de los traslados. Ya decía Hegel que un geniecillo irónico parece mover los hilos de la historia.

Lo confirma también que el único que no teme la «contaminación» catalana es el presidente del Gobierno español, empeñado en el «reencuentro» con ellos. Claro que es un reencuentro muy raro, porque le piden la autodeterminación, con la libertad de sus líderes condenados por su intentona separatista. Él no puede dárselas, pero intenta facilitárselo por caminos tortuosos, que puede costarle el cargo, tanto si lo consigue como si no.

Si Torra y Junqueras no han anunciado también el adelanto de las elecciones catalanas es precisamente por eso: porque, antes, esperan sacar a Sánchez todo lo posible. Si no es la independencia, al menos una «consulta» a los catalanes sobre su relación con el resto de España, al estilo de las que se han hecho en el Reino Unido. Que sería la pista de aterrizaje para la independencia.

Hay, sin embargo, dos grandes obstáculos para ello. El primero, que tal consulta sería ilegal de no participar el resto de los españoles. Luego, porque el sentir de los catalanes al respecto no está del todo claro. Encuestas y elecciones arrojan que la mayoría de ellos votan a partidos secesionistas. Pero preguntados si desean la independencia, la mayoría dicen que no. ¿Cómo se explica?

Pues muy sencillo: ser dueños de los propios asuntos es muy bonito, muy excitante, muy atractivo. Pero significa una serie de cargas que se llevan mejor en compañía. Los ingleses empiezan a darse cuenta del mal negocio que han hecho con el Brexit. Y los catalanes que piensan pueden empezar a pensar lo mismo de la independencia.

En cuanto a los que no piensan, ya saben aquello de que sarna con gusto no pica. Pues tendría que ser independencia de verdad, con fronteras y aduanas en el Ebro y los Pirineos, no el paraíso fiscal que sueñan todos los independentistas.

José María Carrascal ( ABC )