CATALUÑA, ¡ QUÉ PENA !

Aunque a menudo se confunden, la diferencia entre patriotismo y nacionalismo es tan nítida como ancha: patriotismo es amor al lugar, las gentes y tradiciones donde se ha nacido, mientras nacionalismo es odio a todos los demás.

Y no hay mayor abismo en este mundo que entre el amor y el odio. De un tiempo a esta parte, los españoles venimos comprobando que nuestros nacionalismos internos se nutren de odio a lo español, hasta el punto de merecer la muerte por el solo hecho de serlo, como ha ocurrido en el País Vasco, o los insultos, «bestias carroñeras», «víboras», «hienas», «con una tara en el ADN», de Quim Torra, que ahora ha acusado a Pedro Sánchez, en la BBC nada menos, de «centralizar nuestras competencias para combatir la epidemia del Covid-19, impidiéndonos ayudar a nuestra gente» y de «estar contra su confinamiento».

Una mentira como una casa, aparte de una calumnia. Lo ocurrido es que Torra quería declarar el confinamiento de Cataluña, como paso de su alejamiento de España, y el Gobierno central se le adelantó declarando el confinamiento de todos los españoles, incluidos los catalanes. Es lo que duele a Torra y a todos los nacionalistas, que incluso usan una pandemia global para sus reivindicaciones.

Sólo le falta decir que el Covid-19 catalán es más inteligente y guapo que el español. Y lo que es peor, creerlo. ¡Qué dolor, qué dolor, qué pena! para quienes pasamos nuestra juventud en Cataluña, entonces adelantada del resto de España y hoy, sin sus principales empresas, perdiendo puestos respecto a las regiones españolas, gobernada por personajes en los que resulta fácil decir que prevalece su escasa talla intelectual o su falta absoluta de principios, que les lleva a mentir como a respirar.

Y todo, debido al nacionalismo, que les ha cautivado como el flautista de Hamelín, primero a las ratas, luego a los niños. Ya sé que pueden decir que tampoco en España gobiernan auténticos estadistas. Pero al menos lo reconocemos, cosa que allí no ocurre, cegados por el nacionalismo.

Tras haber observado a lo largo de mi ya nada corta vida, en los más variados escenarios, a los nacionalismos más diversos, he llegado a la conclusión de que el complejo de superioridad de que alardean es producto de un complejo de inferioridad del que ni ellos mismos se dan cuenta.

A todo nacionalista le falta algo, le carcome algo, reivindica algo, que en los dos casos citados puede ser que ni Cataluña ni el País Vasco, pese a su éxito como comunidad (o puede por eso mismo, al haber concentrado todas sus energías en el desarrollo económico en vez de en la política, que se lleva tantos esfuerzos, inútiles la mayoría), han llegado a ser reinos, cuando lo fueron Jaén, Murcia y tantos otros territorios de esta Península Ibérica.

Al darse cuenta, quisieron serlo cuando los Estados-nación ya estaban hechos y se opusieron. Hoy, con la globalización asentada, como la pandemia del coronavirus demuestra de la forma más cruel, les es más difícil que nunca. Volveré sobre el tema, como pueden imaginar y no por gusto.

José María Carrascal ( ABC )