CATALUÑA SE INSTALA EL GOLPE

Algo que comienza, empero, a ser preocupantemente insólito en la vida pública española, y no digamos nada en el escenario político. Pedirle al Rey ser equidistante entre quienes guardan la ley y quienes las atropellan bárbaramente sólo se le ocurre a una avispada comedianta como Ada Colau, que hace carrera política después de fracasar en el teatro como otros pésimos actores. Con sus desplantes, sólo pretende camuflar su mucha incompetencia de corregidora que tiene mangas por hombro la Ciudad Condal. Después de años deslumbrando al mundo, Barcelona se empequeñece a ojos vista bajo la impronta de la tribu que la manda.

En cierto modo, si no hubiera sido por la actuación de la Justicia, se podría decir que el artículo 155 ha sido una oportunidad perdida para restaurar con todas las de la ley el Estado de derecho y la convivencia en Cataluña. ¡Que se lo pregunten a Ana Moreno, la granadina madre coraje de Balaguer! Tras plantar batalla en los tribunales para que se reconozca a sus hijos el derecho a recibir enseñanza en castellano y ganarla frente a un clima de hostilidad declarado, lo que le obligó a echar el cierre incluso a su negocio familiar, esta Mariana Pineda del constitucionalismo en Cataluña ha renunciado a ejecutar la sentencia para no desestabilizar más a sus hijos.

Desprovista de la protección de los resortes del Estado de Derecho, Ana ha debido desistir para no morir a dentelladas en las fauces de los lobos, como la protagonista de la película de Carlos Saura de ese título y que protagonizó Geraldine Chaplin. Y eso que, en su cortedad, el 155 ha servido de bálsamo para la economía catalana, como cifran los datos de empleo del mes de febrero, donde la afiliación a la Seguridad Social descolló con respecto al conjunto de España.

Sin embargo, esta Cataluña, a la que el nacionalismo tiene bocabajo, creyendo que pone a los Borbones, se empeña en perpetuar el golpe de Estado. Basta contemplar como el presidente del Parlamento, el ínclito Torrent, sigue la senda filibustera de su antecesora Forcadell, al entronizar el pasado jueves al prófugo Puigdemont como presidente legítimo con derecho a Corte en su destierro de Waterloo. Ello a cambio de ceder la vez a un aspirante inelegible como el preso Jordi Sánchez, líder de la ANC.

Un paso previo para que, a la tercera, le llegue el turno su ex consejero Turull y ejerza de presidente por delegación mientras el juez del Tribunal Supremo, Pablo Llarena, ultima la instrucción y dispone la eventual inhabilitación de éste último. Nunca se había visto -ni siquiera en Venezuela- un gatuperio así: una cámara de representantes deslegitimándose a sí misma y transfiriendo esa legitimidad a una asamblea paralela en derredor de un prófugo.

En definitiva, Cataluña asiste a una carrera de relevos en lo que menos importa es su gobernación. Claro que sus intereses han sido tan mal atendidos todos estos años de kafkiano proceso soberanista que sólo ha encontrado mejora en los meses que lleva sin Gobierno, después de padecer gestores que hacen de cada solución un problema. ¡Que nadie luego se pregunte, emulando al personaje de Vargas Llosa en Conversación en la Catedral, cuándo se jodió Cataluña y, por ende, España! Porque lleva jodiéndose cada día desde hace 40 años que Pujol desplazó del poder a Tarradellas y muchos miraron para otro lado.

Frente a esa incontrovertible e interpelante realidad que algunos espantan cual enojosas moscas cojoneras, algunos se refugian en el reaccionario apotegma del servil rector de Cervera ante Fernando VII: «Lejos de nosotros, majestad, la funesta manía de pensar».

Francisco Rosell ( El Mundo )