CATALUÑA Y EL BLOQUEO DOMINAN EL DEBATE

En el primer y único debate entre los candidatos de los principales partidos nacionales para el 10-N, dominado por el conflicto en Cataluña, cada uno respondió a los escenarios diversos en los que se mueven sus expectativas electorales. Dando todos por hecho que no habrá ni mayorías absolutas, ni coaliciones fáciles para una investidura, el debate permitió a cada candidato gestionar de antemano sus retos electorales más inmediatos.

El éxito en la tarea fue muy desigual. Sánchez se esforzó en evitar ser responsable de un posible fracaso en el objetivo de una mayoría de izquierda liderada por el PSOE pidiendo a los demás candidatos un compromiso para que gobierne el más votado.

Y quiso soslayar el problema catalán, que pesa sobre él como una losa, con una sorprendente recuperación del delito de referéndum ilegal, que fue introducido por el gobierno de Aznar y eliminado por el PSOE que ahora él lidera. Salió mal parado de ese bloque Sánchez, incapaz de responder a qué era una nación o a si se comprometía a no pactar más con los separatistas, como le exigió Casado una y otra vez.

Iglesias se mantuvo fiel a sí mismo, sabedor de que las encuestas le tocan pero no le hunden, y eso es un torpedo en la línea de flotación de la estrategia del PSOE. En todo el debate pareció como si Iglesias se conformara con ser muleta de Sánchez en La Moncloa, aferrado al discurso de los poderosos, el IBEX y el resto del manual del comunista del siglo XXI con residencia en Galapagar.

Casado es consciente de que su única opción es formar un acuerdo con mayoría absoluta en el Congreso. Por eso, ayer apostó por ser el líder indiscutible de la oposición al PSOE y de una futura alternativa al gobierno de Sánchez. Eso le exigió dosis parejas de firmeza y moderación, tanto para frenar la fuga de votos a Vox como para retener a los votantes recuperados de la debacle anunciada de Cs.

Por su parte, estos dos partidos encararon sus desafíos antagónicos. Abascal siguió la pauta de lanzar mensajes sencillos -también simples- para las grandes cuestiones políticas del momento, evitando el descenso a detalles que habrían permitido valorar su viabilidad como políticas de gobierno. Por el contrario, Rivera salió al debate consciente de que tanto él como su partido viven un «todo o nada» tras estas elecciones, por eso disparó a un lado y otro, ora a Sánchez o Iglesias, ora a Casado.

El debate de anoche reflejó el estancamiento de los bloques, por el momento irreversible si tenemos en cuenta el mejorable nivel medio que ayer dejaron los candidatos en un debate quizás viciado de origen por ese formato que se convierte en cinco mítines en uno.

Si no hubo una ganador claro, sí que tuvo un claro perdedor: ese Sánchez que no garantizó a los españoles que no volverá apoyarse en el separatismo. Es imprescindible recuperar el debate entre las dos fuerzas que tiene posibilidad de gobernar porque es la única manera de movilizar a ese tercio de indecisos que, visto lo visto anoche, no tienen fácil salir de dudas.

ABC