CATAPULTA

Con cada nuevo caso aislado, el PP ha ido perfeccionando su reacción. Laprotección endogámica de las primeras decenas de casos aislados, que incluía fantasías conspirativas y malévolos enemigos externos entre los matorrales, ya nadie se atreve a practicarla. En cambio, visto lo de Zaplana, en la actualidad funciona un mecanismo de repudio perfectamente automatizado que le extirpa al caso aislado que corresponda la militancia con una velocidad digna de una cadena de montaje dedicada a la emasculación industrial de corruptos. El PP, no en vano muy entrenado en ello por la experiencia, cada vez procesa, digiere y expulsa como ventosidad a sus corruptos más rápido. No le falta sino lanzarlos desde la azotea de Génova con una catapulta como se hacía intramuros en los asedios medievales para propagar la peste.

Con todo, el episodio de Zaplana ha sido innovador. Por primera vez, el PP trató deendosar un corrupto propio a otro partido. Maniató a Zaplana, lo arrastró hasta la puerta de la sede de Cs, llamó al timbre y salió corriendo. Y a ver si cuela. Todo ello, debido a unas simpatías postreras de Zaplana, quién sabe si tratando de emular a Valls, a Macron y al propio Rivera sus hazañas miméticas, que ahora se revelan tóxicas.

Desde que gobierna Rajoy, y sobre todo a partir de Bárcenas y de la suelta de Bolinaga, el PP ha exigido a sus votantes unas tragaderas que ni Linda Lovelace. Pero es posible que ahora exagere si se propone, mediante hipnosis colectiva, convencerlos de que Zaplana jamás fue del PP. Que el partido que le procuró oportunidades para corromperse no fue el PP. Que no fue Zaplana quien encarnó la primera portavocía resistente a Zapatero cuando el PP aún estaba traumatizado por los nefastos días de marzo. Que no alude, este nuevo caso aislado, tanto a uno de los santuarios regionales donde el PP ensayó su proyecto nacional como al mismísimo núcleo duro del aznarismo que cimentó un orgullo dinástico del cual hoy en día no queda nada salvo vergüenza y estupor. No queda nada, en realidad, excepto la más longeva de sus reminiscencias, que es Rajoy.

En la nueva política, la ausencia de pasado es una virtud. Incluso mayor que un pasado que sirva de credencial gloriosa, como aquel al que se aferra con melancolía la socialdemocracia venida a menos. Lo peor es lo que le ocurre al PP: un pasado culpable que cada vez huele peor y del que no logrará disociarse ni intentando que Rivera, que entonces estaba literalmente en bolas, comparta la culpa.

David Gistau ( El Mundo )