La realidad laboral en España es tozuda, y mes a mes se diluye la expectativa de que el desempleo empiece a reducirse. Los cálculos del Gobierno se basan en un error de base porque no solo minimiza la recesión y la brutal caída de la actividad empresarial, sino que se refugia continuamente en unas ayudas europeas que tardarán en llegar.

La activación del fondo europeo para la reconstrucción económica de cada país está chocando aún con dificultades serias y con las reservas de países como Polonia y Hungría, entre otros, y aunque Moncloa insista en que serán el flotador definitivo de nuestra economía, la crudeza de los datos de paro conocidos ayer solo estimula la desesperanza.

España supera ya los cuatro millones de parados, una cifra simbólica en términos de alarma social, a los que deben sumarse más de 900.000 trabajadores inmersos en ERTE cuyos trabajos pueden no ser ya recuperables, y varios cientos de miles más en cursos de formación que objetivamente tampoco trabajan.

También supera el medio millón la cifra de autónomos sin actividad vigente. El panorama empieza a ser catastrófico, y más propio de una suerte de holocausto laboral que de una curva que toca suelo. Volvemos a datos de desempleo de 2016, con mucha más destrucción que creación, con una progresiva devaluación de los contratos, con una caída de la media de sueldos en España superior al 3 por ciento, y con una brecha salarial en aumento.

El proceso de desgarramiento de la clase media parece irreversible y las previsiones de crecimiento del Gobierno son continuamente corregidas por el FMI o por la OCDE. Además, la precariedad, especialmente entre los más jóvenes, aboca a nuestro mercado laboral a una situación límite. Cualquier otro diagnóstico, incluso para los más optimistas ejercicios de demagogia de Pedro Sánchez, es ilógico.

Esperar el maná europeo es una solución, o parte de la solución, pero no la única, porque el dinero llegará tarde y mal, y aún no es posible determinar en qué cuantía. Repetir continuamente, como hace Pedro Sánchez, que España recibirá 140.000 millones sin condiciones no es ajustarse a la verdad. Difícilmente nuestro país habrá recibido a final de año los 27.000 millones de euros estimados en los presupuestos generales.

Más aún, la tendencia de estas cifras de paro va a seguir alterando las previsiones de ingresos y gastos del Estado, de modo que nuestras cuentas públicas quedarán obsoletas antes de verano. Fiarlo todo a una recuperación que aún es muy incierta demuestra una clara imprevisión, y precisamente los segmentos de nuestro tejido productivo que pueden empezar a dar un vuelco a la situación -el turismo, la hostelería, el ocio…- siguen sin recibir ayudas imprescindibles del Gobierno.

El anuncio de Sánchez de creación de un nuevo paquete de fondos para las pequeñas y medianas empresas carece de base conocida, se cargará sobre la deuda prevista en los presupuestos, y no será directo. Nuestras empresas necesitan financiación automática, dinero contante y sonante con el que poder hacer frente a su abismo, y no más créditos y bonificaciones que no pueden atender por el mero hecho de que no tienen actividad.

Y sin empresas, no hay empleo. Vivir del subsidio permanente, de un endeudamiento inasumible, y de una ausencia de certezas, no es el camino idóneo hacia la recuperación.

ABC

viñeta de Linda Galmor