CATATONÍAS

También la tosquedad tiene ventajas. Nos dice la verdad de aquel que habla. Y algún detalle acerca de su edad mental: no es mala cosa saber eso. «Catatónico» o no, su señoría Joan Tardà dibujaba el martes en el Parlamento su propio retrato -o su caricatura-, cuando creía estar dibujando el rostro de sus adversarios.

Hubo un momento magistral anteayer en el pleno del Congreso que discutía la aprobación o rechazo de los Presupuestos Generales del Estado. El diputado español Joan Tardà exhibía ante sus colegas una foto: la de un grupo de golpistas en trance de rendir cuentas de su verosímil delito ante el Tribunal Supremo. La imagen lo conmueve: «Nuestros hijos verán esta fotografía en los libros de texto».

Remata, en consecuencia, su emoción: «Estamos catatónicos, porque tenemos compañeros en la cárcel». Con todos los respetos, sugiero al diputado que consulte un convencional diccionario de psiquiatría antes de atribuirse a sí mismo y a sus compañeros una dolencia grave, presa de la cual difícilmente podrían estar ejerciendo con plena eficiencia el uso de sus funciones representativas.

Catatonía aparte («catatonía», diccionario de la RAE: «Síndrome esquizofrénico, con rigidez muscular y estupor mental, algunas veces acompañado de una gran excitación»), el señor Tardà tiene razón. Un grupo de sus «compañeros» rinde cuenta de un gravísimo delito ante los jueces. Que deberán decidir, en hermética independencia, si ese delito les es o no achacable y en qué medida. Dispondrán los acusados, además, de las instancias de recurso que la ley fija.

Y habrán de pechar con las consecuencias de lo hecho. La ley tasa con graduadas penas los específicos delitos. Se recurre, como es de derecho, a la sucesivas instancias. Se sale exculpado si se gana y se paga la condena si se pierde. A eso se reduce todo en un sistema que se ajuste a lo que es convención llamar una democracia constitucional. La emoción de su señoría Tardà es inteligible. Como respetable es el empeño de sus «compañeros» por salir de la cárcel. Un poquitín menos lo es, me temo, el afán emancipador de los que huyeron.

Y trato equitativo: el Gobierno de Sánchez fuerza la destrucción de esos «jueces farsantes» y, a cambio, ERC le aprueba los presupuestos. Do ut des impecable. A partir de ahí, «podríamos abrir escenarios de diálogo y negociación que, con el tiempo, desembocaran en escenarios de acuerdo». O sea: te compro mis presos por siete meses más de La Moncloa.

Tosco, desde luego. Pero claro. Dice la verdad de su señoría Joan Tardà. La verdad de un anticonstitucionalismo riguroso. Tardà (¿piensa lo mismo toda Esquerra?) juzga periclitada la división e independencia contrapuesta de poderes: los jueces firman lo que el político que gobierna dicta.

Es una forma particularmente brutal de dictadura. Yo me consuelo leyendo el Preámbulo que, en 1789, precede a la primera Constitución europea, bajo la forma de una declaración de derechos del hombre y el ciudadano. Artículo 16: «Toda sociedad en la cual la garantía de los derechos no está asegurada ni la separación de poderes determinada carece de Constitución». Habrá quienes ansíen vivir en ese idílico paraíso cataláunico de su señoría. Yo no.

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Linda Galmor