CATCH-22

Si le dicen, amable lector, que habrá gobierno o elecciones, olvídelo, porque nadie lo sabe. Ni siquiera quien debe decidirlo, Pedro Sánchez. Sabemos lo que le gustaría: seguir gobernando en solitario, con la ayuda de unos u otros según el tema. Pero necesita sobre todo la del que aún llama -que lo sienta es otra cosa- su «socio preferente»: Podemos.

Y resulta que Pablo Iglesias no se contenta con el papel de entretenida de lujo, quiere matrimonio, gobierno de coalición, que incluya, si no a él, a gente de su equipo. Y a éso no está dispuesto Sánchez por razones que ha repetido diez veces: tienen profundas diferencias en asuntos vitales, como Cataluña y la economía.

No sería un gobierno, serían dos, enfrentados además. Mejor ponerse de acuerdo sobre un programa «progresista» y gobernar cada uno en su casa. A lo que Iglesias se niega al no fiarse de Sánchez y sospechar que, una vez confirmado en La Moncloa, siga gobernando con los presupuestos de Rajoy, como hasta ahora.

Así que quiere a su gente en el gabinete, como garantía de no ser utilizado. Pero da la casualidad de que Sánchez tampoco se fía de él, sospecha que su gente en el gobierno le zancadilleará, y les cerrará el paso.

Fue la situación en que quedaron a finales de julio y es en la que aún se encuentran. Tienen, sin embargo, algo en común: el miedo a unas nuevas elecciones.

Iglesias, por saber que perderá votos, Sánchez porque, en el mejor de los casos, los ganará, pero serán los de Podemos, con lo que el equilibrio general no se alterará, e incluso puede empeorar dado el desgaste que le supondría no haber sido capaz de entenderse con su socio preferente. ¿Puede ceder uno u otro? Sin duda. Pero ambos saben que pueden retroceder, sobre todo el que aparezca culpable del desacuerdo.

Hay, desde luego, alternativas. Pero descartado que PP y Cs acudan en su ayuda, por la cuenta que les tiene con su electorado, a Sánchez sólo le quedan los nacionalistas y los radicales de izquierda, el gobierno Frankenstein, que sólo funciona en películas.

Su situación empieza a parecer un Catch-22, que Joseph Heller describió jocosamente en la novela de ese título: aquélla en la que las salidas llevan a estar peor de lo que se estaba. En español hablaríamos de «ratonera»: no puede gobernar con Iglesias, pero tampoco sin él, Sánchez intenta movilizar a la «sociedad civil» para presionar a Iglesias, pero resulta que la sociedad civil no existe como tal en España, al estar tan dividida como los partidos.

Es la consecuencia de haber alcanzado el poder sólo por el poder, sin plan ni programa. Sánchez sabe que, más que los secesionistas, divididos y desnortados, más incluso que Iglesias, la gran amenaza es el ralentizar de la economía, que empieza a notarse.

Otra crisis como la de 2008 acabaría, no sólo con él, sino también con el PSOE, como ocurrió a otros socialismos europeos. Zapateros nos ha bastado uno. Y sobrado.

José María Carrascal ( ABC )

viñeta de Linda Galmor