CDR CON BIRRETE

La huelga obligatoria de las universidades, tolerada o alentada por los rectores, explica bien ese designio nacionalista que en los últimos años ha acelerado hacia el horizonte de la independencia. El ámbito universitario es en todas partes del mundo una especie de vanguardia de la protesta -y con frecuencia también un paradójico reducto de intolerancia y de comportamientos grupales propios de sectas-, pero las autoridades educativas catalanas lo han convertido en lanzadera de su estrategia utilizando al estudiantado como fuerza de choque insurrecta.

Sólo en una realidad trastornada por una patología social severa cabe concebir que la jerarquía académica consienta la exención de exámenes y proponga la devolución de las matrículas a los alumnos que boicotean las clases para entregarse a la presión violenta. No estamos ante una algarada juvenil sino ante un CDR con birrete, una subversión institucional instigada desde el propio sistema.

Todo ello, de nuevo, ante la pasividad y/o la complicidad de un Gobierno de la nación encogido -pobre Pedro Duque, malversando como ministro su prestigio de astronauta y científico- y de una Conferencia de Rectores incapaz de mostrar cierto compromiso constitucionalista por falta de coraje cívico.

Sólo una minoría de estudiantes se ha atrevido a defender sus derechos y plantar cara, corriendo riesgo físico, a la coacción del separatismo. La mayoría de la sociedad, resignada; el poder estatal, desaparecido; los dirigentes autónomicos, envalentonados; el profesorado, cerrando filas con el desafío.

Y la razón intelectual, esencia de la enseñanza en libertad, atropellada por el caciquismo político. Pocos motivos de optimismo ofrece este sobrecogedor retrato de un desvarío colectivo.

Ignacio Camacho ( ABC )