Es evidente -puede que hasta para ella misma- que Isabel Celaá no va a ser recordada como una gran ministra de Educación. Ni siquiera como una responsable medianamente admisible, dada la nocturnidad y alevosía con la que ha tramitado la nueva ley.

Pero lo que está por ver ahora es si, además, se convierte en la titular de Educación más temeraria de nuestra historia al poner en riesgo la salud de los menores y de los educadores con una vuelta al colegio que ni siquiera respeta los mandatos incluidos en el decreto de nueva normalidad. ¿Acaso los niños, la comunidad educativa y las familias tienen menos derechos que los demás a recuperar su vida anterior de forma segura?

La absoluta dejación de funciones de esta ministra alcanza tales cotas que su plan de regreso a las aulas sigue sustentándose sobre planteamientos tan poco sesudos y tan imprudentes como «pensemos que no habrá rebrotes» o «el Gobierno trabaja con la gran esperanza de poder encontrar una vacuna».

Pero a cinco semanas de la reapertura de los colegios el virus eclosiona por doquier y Europa -y con ella España- se ha quedado fuera de las reservas de las tres terapias de inmunización más avanzadas -Moderna, Oxford y Sinovac (China). La titular de Educación, sin embargo, vive de espaldas a todo eso, sin molestarse en elaborar ningún tipo de «plan B» que eleve la seguridad de las aulas a niveles mínimamente aceptables.

La semana pasada se atrevió a advertir que la educación podrá ser presencial durante todo el curso independientemente de la situación epidemiológica. Estupendo. Todas las instituciones, empresas y administraciones tienen planes para adaptarse a la situación sanitaria pero Celaá considera que en los colegios no hace falta.

¿Qué más da si las escuelas son recintos cerrados, donde convergen cercanía personal y elevada concurrencia? ¡Que se enseñe en los patios! ¿Alguien puede pensar que a esta señora le importan mínimamente la salud o la educación de los pequeños?

O Celaá es una absoluta temeraria o una tremenda embaucadora que sabe que los colegios acabarán cerrando por rebrotes, pero niega la mayor para que los padres no se movilicen ante la idea insufrible de volver a asumir el trabajo de enseñanza al mismo tiempo que las labores profesionales y de cuidado de la prole.

El problema no tiene solo consecuencias sanitarias, las tiene también económicas y de primera magnitud. Sin un plan de apertura seguro, el virus volverá a torcerle el brazo al Gobierno y los menores acabarán de nuevo en las casas. Un elevadísimo porcentaje de familias llegó al final de junio al borde del colapso así que nadie debería sorprenderse si se disparan las bajas laborales, las reducciones de jornada o las excedencias.

Ante esta bomba de relojería, Pedro Sánchez es tan responsable como Celaá. Lo único que ha hecho el jefe del Gobierno en materia educativa es anunciar que se reunirá con los presidentes autonómicos para preparar la vuelta a las aulas.

Lamento decirle que agosto ya no será momento de ponerse a debatir. A finales de mes deberían estar acabándose las obras para convertir a los colegios en un entorno seguro, pero hoy no hay movimiento alguno en la mayoría de las escuelas.

El Gobierno está perdiendo un tiempo precioso y al paso que van los rebrotes la duda se resolverá pronto. Seguramente, en octubre ya sabremos si Celaá es temeraria o embaucadora.

Lamentablemente, estaremos preocupados por cosas más graves.

Ana I. Sánchez ( ABC )