CEMENTO ARMADO EN EL CONGRESO

Hasta hace unos momentos no sabía cómo titular este artículo sobre el “debate” que hoy se ha celebrado para prorrogar el “estado de alarma” de Pedro Sánchez.

El tiempo que nos facilita el confinamiento me ha permitido seguir de forma casi íntegra la sesión, porque tenía curiosidad por evaluar qué decían, planteaban o anunciaban entre líneas los diversos partidos y, sobre todo, cuán fuerte era el apoyo parlamentario que hizo posible que quien hoy ocupa el sillón de la Moncloa llegara a tan alta cuna.

No sabía cómo rotularlo por un excesivo apego al mensaje verbal o al grado de convencimiento que aisladamente cada uno de los intervinientes es capaz de transmitir.

Hay que reconocer que Pedro Sánchez ha alcanzado un alto grado de maestría a la hora de creerse el papel que él mismo se ha escrito, lo que es fundamental; a simbiotizarse con sus asesores y aprovechar las lecciones de sus expertos en comunicación, incluyendo los juegos con las inflexiones, engolamientos y utilización de los recursos de la voz. Si te aíslas de todo hasta te convence a ratos, te da pena  y te induce a solidarizarte por él ante el acoso de la odiosa caverna. Pero…

Se ha dicho que la cara es el espejo del alma, no sé si es cierto el aserto pero de lo que no me cabe duda es de que observando la cara, la gesticulación, del presidente fuera del estrado, escuchando a unos y otros –que mal lo pillan las cámaras todo el rato–, lo que destaca es el cemento armado de su rostro.

Ese que cubre con la piel suave de Platero cuando tiene que recomponerse ante las cámaras en sus intervenciones. Esa es la verdadera conclusión de lo que hoy hemos visto en el Congreso: la exhibición del cemento armado que es consustancial al rostro del presidente. Empezando por la capacidad de transformar la obligación en muestra de que no es cierto que el Parlamento no ejerza o no pueda ejercer su labor de control.

Sánchez miente o manipula la realidad como nadie. Llevaba la lección bien aprendida, los papeles bien estudiados, los discursos, incluyendo la réplica, bien ensayados.

Pensados no para la sesión, sino para presentarse ante la opinión pública como el héroe épico del combate contra la pandemia, del Churchill español –hasta la torpe Lastra alabó la postura de su jefe recordando la frase de Churchill de la “sangre, sudor y lágrimas” –, como el hombre providencial que está dirigiendo la victoria, como el hombre capaz de hacer frente al futuro, capaz hasta de armar una propuesta para torcer a su gusto los anuncios de la UE, como la víctima de quienes solo miran por sus intereses electorales y fabrican bulos frente a su lucha por el bien común.

Ya sabemos que los asesores de Sánchez, como los de Iglesias, los de Ciudadanos y algunos más viven pendientes de los mensajes que caben en un tweet. Cuando pasen los días casi se podría hacer una antología sobre los mismos.

Sánchez y su mariachi gustan de las frases tweet para los telediarios, los periodistas amigos –que son legión– y, sobre todo, los “voluntarios de la red” que replican cada día el alimento para salvar a Pedro Sánchez.

Le han recordado al presidente desde la tribuna esos mensajes tipo: “los niños ya saben lavarse las manos”; Garzón diciendo, como si fuera un avance, que las apuestas deportivas han disminuido; lo de que está disminuyendo la contaminación; de la señora Calvo diciendo a las mujeres que debían acudir a las manifestaciones del 8-M porque en ello les “iba la vida”… y hoy en el Congreso el presidente Sánchez nos ha impactado con su “ahora mismo lo que ocurre es que hay un contagio dentro de los hogares” o sacando pecho diciendo “Toda Europa llegó tarde, pero España actuó antes”. Esto último casi tendría como réplica aquello de “mal de muchos consuelo de tontos”.

Sánchez ha ido al Congreso a presentar su contrarréplica para la opinión pública, a transformar una mala gestión en una gran actuación. Lo ha hecho con las cartas marcadas, porque el triunfo era seguro y la aprobación de su propuesta ya anunciada.

Básicamente, porque en realidad, dada la falta de avances, dada la falta de un tratamiento probado pese al éxito de nuestros sanitarios dados los guarismos de pacientes dados de alta, dada la crudeza de unas cifras que para todos están maquilladas, dada la falta de control real de la infección y su expansión porque no se han realizado test masivos, el confinamiento es la única opción. En esto no se ha avanzado mucho desde las epidemias de la peste negra en la Edad Media.

Indirectamente Pedro Sánchez ha reconocido que hay que esperar, porque los resultados de las medidas tardan en orden a una semana en mostrar sus efectos. Una espera que hay que prolongar, no ya estos 15 días sino 15 días más, porque los test aún van a tardar en alcanzar un número suficiente para tener un dictamen.

Es curioso que nadie le haya preguntado a Sánchez sobre el hasta cuándo, de cuáles son las previsiones del gobierno, porque los que se han atrincherado en la Moncloa sí manejan proyecciones. Las han manejado desde el principio y han jugado con eso.

En general, en el Congreso, lo que ha abundado es la verborrea de cada grupo adecuada a lo que son sus habituales discursos. Un ejercicio de adecuación. Sánchez puede creerse su relato épico, pero, de un modo u otro, gran parte de los que han intervenido han insistido en los puntos débiles de su gestión simbolizados en la crisis de las mascarillas, los respiradores, los epi…

Luego han florecido los que han echado un capote al gobierno para acabar señalando la responsabilidad estructural del capitalismo, de la debilidad de Europa (no pocos han dejado traslucir que solo el maná europeo puede dar oxígeno).

No pocos han retratado lo que quienes no tenemos la información privilegiada sobre la cocina política también estimamos: que el gobierno actúa improvisando, sin planes previos, sin tener los deberes hechos. Le han recordado, sin que sea recogido, el problema de nuestro débil músculo industrial y de lo que ha supuesto la deslocalización (absteniéndose el orante de mencionar lo que ha sido el proceso de destrucción industrial inducido).

Sánchez, con todo el cemento armado que el lector quiera poner en  su rostro, ha ido al Congreso a salvar su imagen, a generar cortes para la red y para las televisiones, a volcar su aluvión de frases de manual de redacción (como gusta eso de “el cambio de paradigma en la acción política”, que no existe en realidad en el pensamiento del presidente); a repartir responsabilidades o, como dirían en el pueblo, a escurrir el bulto compartiendo la gestión con las CCAA; a recurrir al habitual “y tú más”; a difundir el mensaje de la unidad por España que la derecha no quiere admitir porque piensa en las elecciones (y eso que alguno recordó cómo Pablo Iglesias ha hecho una auténtica campaña de publicidad su aparición en la lucha contra la pandemia)…

Ahora bien, lo que por debajo se ha manifestado es que, salvo el diputado que existe, algunos empiezan a valorar la necesidad de evitar encadenarse a la gestión de Sánchez mientras Sánchez busca cómo encadenarlos a su suerte (esa es su concepción de los nuevos pactos de la Moncloa) o, simplemente, a convertirlos en “enemigos públicos”. Ya tiene a dos colocados ahí: VOX y Ayuso (la obsesión con Ayuso es palmaria entre la izquierda).

Ciudadanos y Arrimadas viven soñando en ser alguien, olvidando que ya no tienen 50 diputados, ofreciéndose como aliados en un claro camino hacia la genuflexión; eso es lo que hoy se traduce de la intervención de su representante.

Queda el PP, y Sánchez tiene una estrategia clara para obligar a Casado a que entre en su juego y acepte ser el tonto útil que se conforme con ser el “líder de la oposición”, haciendo imposible de forma previa su participación en el “nuevo pacto” de tal modo que el líder del PP sea vuele por los aires el posible pacto.

Ahora le toca el turno al mariachi, aunque puede que descansen hasta el lunes (aunque la Sexta no descanse nunca).

Resulta que al final de su discurso el portavoz de los “herederos políticos de ETA” hizo una alusión musical que no sé si se entendió: no le gusta la canción Resistiré. Mira por donde ahora me gusta más.

Francisco Torres ( El Correo de España )

viñeta de Linda Galmor