CHALECOS AMARILLOS

Amarillos, amarillos, lo que se dice amarillos no son, con la mala suerte que da el amarillo, excepto al Villarreal y al Cádiz. Son más bien color pistacho. Color Vox, en esa nueva paleta cromático-política de España, al modo de «los colorados» y «los azules» de los partidos de muchos países sudamericanos. En el arco iris político nacional ha aparecido el pistacho Vox, el naranja Ciudadanos, el morado

Podemos, junto a los tradicionales rojo PSOE y azul PP. Sean de color que fueren los chalecos de París, a los que quiero referirme, rompo una lanza a favor del presidente Macron, al que acusan de haber claudicado, por no decir hocicado, ante las protestas de los chalecos amarillos.

Tan amarillos como el fondo de la estrella de la bandera de sus homólogos catalanes que a este lado de los Pirineos, como los salvajes de los CDR, se dedican a lo mismo: a fastidiar al personal que nada tiene que ver ni nada puede hacer por sus reivindicaciones.

Es lógico que Macron haya claudicado ante los chalecos amarillos. Todos, como Macron, más de una vez le hemos hecho caso sin rechistar a un tío con un chaleco amarillo que nos desviaba en la carretera. Hasta ahora, el chaleco amarillo era signo de autoridad.

Tú vas por la carretera con tu coche, ves al lejos a un tío con un chaleco amarillo y una señal con una flecha en la mano, y no sabes si es un agente de la Guardia Civil de Tráfico o un peón caminero. La cuestión es que, por si las moscas, le haces caso. Y si te manda parar, lo haces hasta que te dé paso; y si te manda desplazarte por un desvío terrizo de una carretera cortada por obras, allá que vas.

Si eso es en carretera, peor en las ciudades. Lo he observado infinidad de veces. Llega un tío con un chaleco amarillo que se baja de un camión, para el camión, baja una valla de la batea del camión, la coloca en la calle, la corta, y te ordena que tires hacia donde él diga, no hacia donde pensabas ir. ¡Qué fuerza da un chaleco amarillo! Chalecos amarillos llevan los guardias de la Policía Local, y los agentes de Movilidad, y todo aquel a quien debes reconocer como autoridad.

Esa ha sido la gran novedad de Francia: que el chaleco amarillo, de ser signo de autoridad, legítima o usurpada, ha pasado a simbolizar la subversión contra todo lo establecido. Hasta los sucesos de París y de otras ciudades francesas, el señor del chaleco amarillo era el que lo veías y no te atrevías ni a abrir fuera de hora un contenedor de basuras para tirar tu bolsa. Ahora ese tío del chaleco amarillo le mete fuego al contenedor y, de paso, al coche de un señor que no tiene nada que ver con la política de Macron y que lo tenía allí aparcado porque había ido a ver a sus nietos.

Cuanto más le conceda Macron a los chalecos amarillos, más le pedirán, aparte de los carburantes y del salario mínimo. No se debe ceder ante los chalecos amarillos como el Gobierno de Madrid está tragando ante el separatismo catalán.

Y ahí sí que ponía yo un «cordón sanitario», en la frontera con Francia, y no en los pactos con Vox para echar a Susana Díaz de la Junta de Andalucía. Como todo se pega menos lo bonito, estoy viendo que de un momento a otro la chusma catalana separatista de los CDR y de la CUP adoptan como uniforme los chalecos amarillos para seguir saltándose a la torera la Constitución y proclamar la independencia a la eslovena, a la escocesa o nosotros a española, que es arrearles en todo el lomo con el artículo 155 de la Constitución, pero de verdad, no en plan cobardón de Rajoy y Soraya. Aunque, pensándolo mejor, todos somos chalecos amarillos.

Por ley, todos debemos llevar en el coche un par de chalecos amarillos para bajarnos en caso de avería o emergencia. Así que si quiere usted ser o autoridad o subversión, tome su chaleco amarillo del coche, póngaselo y el que venga atrás, que arree.

Antonio Burgos ( ABC )