CHECKPOINT MARLASKA

La izquierda nunca tuvo problema alguno con el muro de Berlín. Ni con el metafórico telón de acero que servía como metáfora para dividir el mundo en dos partes: el infierno capitalista frente al paraíso comunista. Por eso aquella izquierda del socialismo real -así lo llamaban con una precisión léxica encomiable- jamás protestó por el alzamiento de aquella pared que separaba tu vida y la mía, como cantaba Bambino en una canción protesta que nadie había descubierto hasta ahora: la ironía siempre es un arma cargada de pasado, que diría Celaya o su reverso, a elegir.

En el recuerdo habita la visión de aquel punto de la Friedrichstraße, la avenida berlinesa que le servía a Hitler para hacer demostraciones de su poder omnímodo, que no omnívoro: el monstruo era vegetariano, para que luego digan que el demonio está en la carne…

Allí permanece el Checkpoint Charlie, el edificio por donde pasaban de un lado a otro los diplomáticos, los militares, los que podían disfrutar de ese tránsito que se les negaba a los habitantes del paraíso comunista. Dejarles la libertad de cruzar al Berlín occidental habría sido un crimen de lesa humanidad, ya que habrían abandonado el Edén de la hoz y el martillo para sumergirse en la ciénaga capitalista.

Como lo de Adán y Eva, pero cambiando la manzana por el plátano. Porque eso fue lo que compararon los berlineses del este cuando se atrevieron a derribar el muro, en noviembre de 1989. El Gobierno de la RFA les daba unos marcos a cada uno cuando pasaban la frontera, monedas que les sirvieron para probar esa fruta que veían en las películas pero que no existía en los mercados. Real como la vida misma. O como aquel socialismo que no era precisamente bananero…

Ahora, la izquierda española protesta por las concertinas de Ceuta y Melilla que impiden el paso a la inmigración ilegal. Papeles para todos, dicen. Ya no recuerdan las balas para todos que disparaban los soldados de la RDA -preferentemente por la espalda- a los que querían huir del paraíso comunista.

Que una cosa es una frontera que impida entrar al de fuera, y otra muy distinta aquel muro que no dejaba salir a los de dentro. No es lo mismo que el vecino te cierre su puerta para que no entres en su casa, a que te bloquee la tuya para que no puedas salir de tu domicilio. ¿O no?

Ahora, Grande Marlaska ha decidido elevar la valla para crear lo que él llama una frontera del siglo XXI. Bienvenidos a las fronteras posmodernas. ¡Vaya con la valla de Marlaska! A ver qué dice Podemos. Lo mismo se traga la valla como sus antecesores se tragaron el muro más infame que se ha construido en Europa. Es lo que tiene esa combinación fatal de la demagogia populista con la responsabilidad del poder: que no casan.

Ni por lo civil, ni por lo criminal. Aunque esta gente -ellos nos llaman así- es capaz de cuadrar el círculo como hizo el que se inventó el nombre de la asociación más surrealista, tirando a dadaísta, que imaginarse pueda: Aduaneros sin fronteras. Con sede en el Checkpoint Marlaska, por favor.

Francisco Robles ( ABC )